Chinches en el Espejo

julio 26, 2008

Tireless

Filed under: Poesía — chinchesenelespejo @ 11:14 pm
ALONE WITH EVERYBODY

the flesh covers the bone
and they put a mind
in there and
sometimes a soul,
and the women break
vases against the walls
and the men drink too
much
and nobody finds the
one
but keep
looking
crawling in and out
of beds.
flesh covers
the bone and the
flesh searches
for more than
flesh

there’s no chance
at all:
we are all trapped
by a singular
fate.

nobody ever finds
the one.

the city dumps fill
the junkyards fill
the madhouses fill
the hospitals fill
the graveyards fill

nothing else
fills.

Anonymous submission.

 

Charles Bukowski

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A ciegas

Filed under: Micro-,Propio — chinchesenelespejo @ 10:16 am

Siempre habían sabido que, mientras la noche se descorchara en destellos titilantes, ellos dos no existirían más que en su obstinado recordarse. En una de aquellas ocasiones, de mutuo y casual acuerdo, lanzaron el soplo de la muerte hasta extinguir, una por una, las aspas febriles del cielo.

Y así, en la oscuridad más cegadora, al arrullo de las tinieblas, encontraron la valentía para amarse eternamente.

julio 21, 2008

Génesis

Filed under: Poesía — chinchesenelespejo @ 6:44 pm

Lo primero fue el hombre

apuntalando las paredes del taller

para que Dios se regodeara

entre su torno y la tibieza del barro

recogido en el nacimiento de los arcoiris.

Lo primero fue este Sol de la mañana

para alumbrar la desesperación del hombre.

Primer hombre alimentando la vigilia

la ausencia de los nombres y las herramientas

los azoros cotidianos y el deseo de una hembra.

Todas las preguntas coronadas con un nuevo Dios

exigente de holocaustos, libaciones y misterios

cuando la lluvia y el eclipse golpeaban a la puerta.

Los primeros fueron los colores

y el olor de la hierba ungiendo un rígido verano

y las ovejas pastando de su propia inocencia

al final de una llanura enorme y sin respuestas.

Llanura negando desde un trono la redondez del universo.

Las piedras trazando en el vacío

el primer círculo de muerte más allá de la mano

trazando la destreza que nos brinda el aguijón del hambre

los dolores secos en la espalda, la rueda y el camino

las manadas de lobos y de espadas, de cruces y patíbulos

y el hombre devorando al hombre en el espejo.

Lo primero fue un espejo

y la cuchilla de afeitar en la garganta.

Lo primero fue un juguete roto.

Lo primero fue la máquina del tiempo

—reloj de soles numerados y dimensiones planetarias—

el tiempo de la hila y de las pieles

curtiéndose en un viento rancio de cuaresma

para que fueran trazados los primeros caligramas

                                                                              y el poema.

 

 

Germán Guerra

julio 19, 2008

Duelo

Filed under: Fragmentos — chinchesenelespejo @ 9:44 am

“…Todo lo que fue del esposo le atizaba el llanto: las pantuflas de borlas, la piyama debajo de la almohada, el espacio sin él en la luna del tocador, su olor personal en su propia piel. La estremeció un pensamiento vago: La gente que uno quiere debería morirse con todas sus cosas…”

Gabriel García Márquez  [líneas extraídas de El amor en los tiempos del cólera]

julio 17, 2008

Filed under: Fragmentos — chinchesenelespejo @ 9:32 pm

“…Al anochecer, en el instante opresivo del tránsito, se alzaba de las ciénagas una tormenta de zancudos carniceros, y una tierna vaharada de mierda humana, cálida y triste, revolvía en el fondo del alma la certidumbre de la muerte…”

Gabriel García Márquez  [líneas extraídas de El amor en los tiempos del cólera]

julio 12, 2008

Microrrelato III

Filed under: Micro- — chinchesenelespejo @ 11:04 pm

No funcionó. Horas después el tipo con cara de imbécil, corona de plástico y caballo de cartón seguía junto a la charca, escrutando bajo los nenúfares, intentando localizarme. Después de pedir auxilio durante años por fin apareció alguien, pero no quien yo esperaba, sino un loco reglamentario que me pilló despistada, dándome un asqueroso y sonoro beso en los labios. Por Dios, qué asco. Aterrorizada pude escapar de un salto y ocultarme tras los juncos, esperando que se cansara y se largara de allí. Pero las horas estipuladas al caso pasaron y no pude transformarme en princesa porque el imbécil seguía mirando.

David Reche Espada

Microrrelato II

Filed under: Micro- — chinchesenelespejo @ 10:55 pm

“Ni idea”, responde el hombre mirando sonriente el trozo de plástico sobre el césped mojado. Al hombre le gusta trascender la realidad. Cada vez que abre un grifo, escucha el sonido del Amazonas; cuando entra en el metro, desciende a la cueva de Alí Babá; ese perro flaco no es más que un león de incógnito en la ciudad. Sólo de esta forma consigue ser feliz. Por eso cuando visita el burdel y arroja su tarjeta Visa entre las piernas de la muchacha, la mira como un paisaje. Un amanecer radiante en las colinas de Sierra Leona mientras él se pone la chaqueta y la muchacha pregunta: “¿cuánto quieres que te cobre?”.

Isabel González González

Microrrelato I

Filed under: Micro- — chinchesenelespejo @ 10:52 pm

No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor. Ella se lo pasó en una hoja. Él, conteniendo la risa, lo completó con un buen churro de mierda asomando de la unión de las nalgas. Después lo devolvió. Ella comprendió que aquel corazón echaba humo de tanto amor contenido. Correspondida como estaba, dibujó onduladas líneas de brisa salvadora que aliviaran aquella comezón. Después lo devolvió. Él, con lágrimas en los ojos de aguantar carcajadas por líneas que imaginó pestilencias, escribió: “Eres la mejor”. Después lo devolvió. Y ella también lloró. Loca de amor. Muerto de risa. Se besaron sin saber lo que el uno significaba para el otro.

Enrique Forniés Gancedo

julio 8, 2008

La mirada clara

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 12:35 am

Clara y sus grandes ojos entraron con decisión en el cuarto de baño. Se pararon unos segundos ante el lavabo y enseguida volvieron a salir; no tardaron en volver arrastrando un taburete.

La niña estudió concienzudamente el espacio, dudando cuál sería, para su fin, la posición correcta de la silla. Hubo de hacer varias pruebas: se encaramaba, se miraba y volvía a bajar para recolocar el pequeño banco de madera. Tras tres intentos pareció satisfecha y, con una sonrisa, se subió al taburete ayudándose con las manos en el lavabo; al fin se acomodó, de rodillas, ante el espejo. Hurgó en aquel momento en sus bolsillos y extrajo un pequeño paquete que desenvolvió con ademanes ansiosos. Su gesto era triunfal cuando sacó de su cajita la pareja de pestañas postizas.

Comprobó que la encimera no estuviera mojada y después dejó una de las pestañas, cuidadosamente, sobre ella. La otra la sostuvo entre sus dedos, agarrándola como con pinzas, mientras observaba aquel pequeño monstruo negro con ojos tan abiertos como días antes había observado a un saltamontes muerto en el jardín. Realmente dudaba de que aquel objeto tuviera el poder de volver más hermosa a ninguna mujer, y empezó a pensar que habría entendido mal aquella conversación entre mamá y sus amigas sobre las magníficas pestañas de Doña Inés Gil de Montoya.

– Muy bien, me la acerco -se dijo, y decidió que hablar consigo misma en aquel trance estaba bien. Colocó el rostro lo más cerca del espejo que pudo y empezó a acercar su reticente mano derecha al ojo que le pilló más cerca; el desafortunado se cerró en rotundo. Y ella se enfadó un poco con él, aunque no fue capaz de culparlo en absoluto.

– No es nada, cariño, no es nada -se tranquilizó, usando el mismo tono y palabras que solía emplear su madre hace tiempo cuando se caía en el parque. Esta vez consiguió mantener abierto el ojo en cuestión, pero la cabeza se le iba sola hacia atrás como por inercia. Tomó la vana y desesperada medida de sujetársela por detrás con la mano libre. Y atacó de nuevo.

Sin embargo, a pesar de su persistencia, las pestañas postizas -que para aquel momento presentaba un aspecto muy desmejorado- se resistían a hacer simbiosis con aquellos ojos que se habían vuelto brillantes por las lágrimas. Pero Clara había tomado precauciones por si todo lo demás fallaba: del bolsillo del delantal del vestido sacó un tubo de pegamento pega-todo y aplicó un pequeño chorro en la parte de las pestañas que creyó más acertada. Rápidamente colocó éstas justo encima del lugar donde debían haber estado las suyas propias, fijándolas con unos golpecitos de los dedos.

Pestañeó involuntariamente unos momentos y, después, contempló el resultado de su trabajo en el espejo. Y rompió a llorar. Y salió corriendo del cuarto de baño, mientras sus gritos se estrellaban contra el estruendo del taburete cayéndose al suelo.

La madre sintió que un huracán la abrazaba de repente. Tras breves y apresuradas palabras de despedida, colgó el teléfono. No sin dificultad, apartó a la desolada Clara de su regazo dispuesta a exigirle una explicación por su poco decoroso comportamiento, señorita, qué son estos lloros y estos gritos, pero se quedó muda ante el triste espectáculo de las lágrimas de su hija atrapadas entre las falsas y notoriamente torcidas pestañas postizas. La niña habló primero, a borbotones; al principio le costó entenderla porque lloraba más que hablaba y sólo repetía “es que no se pegaban, es que no se pegaban”.

– No se pegaban porque yo no tengo pestañas, mamá. Y yo quiero tener pestañas, porque los demás niños me dicen a ver por qué yo no tengo pestañas y a ver por qué tengo este pelo tan raro ahora porque yo antes tenía el pelo rizado y muy bonito y me hacías trenzas… Yo no quiero llevar en la cabeza el pelo de una señora que no conozco, mamá… Yo quiero mi pelo de antes, y mis pestañas de verdad, para que los niños del parque no me pregunten más a ver qué me pasa que por qué soy tan rara… Ya no es divertido quedarse en casa, mamá, quiero volver al cole, ya no quiero estar malita, ¿cuándo me voy a poner buena?

julio 7, 2008

La posesión del humo II

Filed under: Poesía — chinchesenelespejo @ 2:16 pm

Los cisnes no funcionan esta noche.

Pompeya, la gachí que escupe por sus mellas

la leche de cien Cristos, me pide cinco trompos

para un chute. El cajero se hace el duro

cuando metes la tarjeta.

Conoce los tatuajes, los pinchazos, estos morros

y no afloja ¡el muy pendón! ¿Le meto fuego?

 

Violeta C. Rangel

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