Chinches en el Espejo

julio 8, 2008

La mirada clara

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 12:35 am

Clara y sus grandes ojos entraron con decisión en el cuarto de baño. Se pararon unos segundos ante el lavabo y enseguida volvieron a salir; no tardaron en volver arrastrando un taburete.

La niña estudió concienzudamente el espacio, dudando cuál sería, para su fin, la posición correcta de la silla. Hubo de hacer varias pruebas: se encaramaba, se miraba y volvía a bajar para recolocar el pequeño banco de madera. Tras tres intentos pareció satisfecha y, con una sonrisa, se subió al taburete ayudándose con las manos en el lavabo; al fin se acomodó, de rodillas, ante el espejo. Hurgó en aquel momento en sus bolsillos y extrajo un pequeño paquete que desenvolvió con ademanes ansiosos. Su gesto era triunfal cuando sacó de su cajita la pareja de pestañas postizas.

Comprobó que la encimera no estuviera mojada y después dejó una de las pestañas, cuidadosamente, sobre ella. La otra la sostuvo entre sus dedos, agarrándola como con pinzas, mientras observaba aquel pequeño monstruo negro con ojos tan abiertos como días antes había observado a un saltamontes muerto en el jardín. Realmente dudaba de que aquel objeto tuviera el poder de volver más hermosa a ninguna mujer, y empezó a pensar que habría entendido mal aquella conversación entre mamá y sus amigas sobre las magníficas pestañas de Doña Inés Gil de Montoya.

– Muy bien, me la acerco -se dijo, y decidió que hablar consigo misma en aquel trance estaba bien. Colocó el rostro lo más cerca del espejo que pudo y empezó a acercar su reticente mano derecha al ojo que le pilló más cerca; el desafortunado se cerró en rotundo. Y ella se enfadó un poco con él, aunque no fue capaz de culparlo en absoluto.

– No es nada, cariño, no es nada -se tranquilizó, usando el mismo tono y palabras que solía emplear su madre hace tiempo cuando se caía en el parque. Esta vez consiguió mantener abierto el ojo en cuestión, pero la cabeza se le iba sola hacia atrás como por inercia. Tomó la vana y desesperada medida de sujetársela por detrás con la mano libre. Y atacó de nuevo.

Sin embargo, a pesar de su persistencia, las pestañas postizas -que para aquel momento presentaba un aspecto muy desmejorado- se resistían a hacer simbiosis con aquellos ojos que se habían vuelto brillantes por las lágrimas. Pero Clara había tomado precauciones por si todo lo demás fallaba: del bolsillo del delantal del vestido sacó un tubo de pegamento pega-todo y aplicó un pequeño chorro en la parte de las pestañas que creyó más acertada. Rápidamente colocó éstas justo encima del lugar donde debían haber estado las suyas propias, fijándolas con unos golpecitos de los dedos.

Pestañeó involuntariamente unos momentos y, después, contempló el resultado de su trabajo en el espejo. Y rompió a llorar. Y salió corriendo del cuarto de baño, mientras sus gritos se estrellaban contra el estruendo del taburete cayéndose al suelo.

La madre sintió que un huracán la abrazaba de repente. Tras breves y apresuradas palabras de despedida, colgó el teléfono. No sin dificultad, apartó a la desolada Clara de su regazo dispuesta a exigirle una explicación por su poco decoroso comportamiento, señorita, qué son estos lloros y estos gritos, pero se quedó muda ante el triste espectáculo de las lágrimas de su hija atrapadas entre las falsas y notoriamente torcidas pestañas postizas. La niña habló primero, a borbotones; al principio le costó entenderla porque lloraba más que hablaba y sólo repetía “es que no se pegaban, es que no se pegaban”.

– No se pegaban porque yo no tengo pestañas, mamá. Y yo quiero tener pestañas, porque los demás niños me dicen a ver por qué yo no tengo pestañas y a ver por qué tengo este pelo tan raro ahora porque yo antes tenía el pelo rizado y muy bonito y me hacías trenzas… Yo no quiero llevar en la cabeza el pelo de una señora que no conozco, mamá… Yo quiero mi pelo de antes, y mis pestañas de verdad, para que los niños del parque no me pregunten más a ver qué me pasa que por qué soy tan rara… Ya no es divertido quedarse en casa, mamá, quiero volver al cole, ya no quiero estar malita, ¿cuándo me voy a poner buena?

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2 comentarios »

  1. Tierno y triste al mismo tiempo. Me ha gustado mucho.
    Además, en ciertos momentos del relato, puede ser bastante ambiguo y tener otros significados.

    Lo de las pestañas, lo he entendido como una metáfora. Algo que deseamos conseguir, o deseamos conocer, pero no podemos. Nos esforzamos mucho en ello, hasta que luego, cuando lo conseguimos, cuando lo conocemos, nos arrepentimos.. preferíamos la ignorancia.. y acudimos a nuestra madre por miedo a eso desconocido que acabamos de descubrir..

    Me ha gustado, Paula.
    Un beso.

    Comentario por Edurne — agosto 6, 2008 @ 3:42 pm | Responder

  2. Muchas gracias por dejarme tu opinión, Edur ^^. Además me ha gustado tu forma de entender el relato. Tienes mucha razón.

    Besos desde el Norte.

    Comentario por chinchesenelespejo — agosto 6, 2008 @ 10:50 pm | Responder


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