Chinches en el Espejo

julio 12, 2008

Microrrelato III

Filed under: Micro- — chinchesenelespejo @ 11:04 pm

No funcionó. Horas después el tipo con cara de imbécil, corona de plástico y caballo de cartón seguía junto a la charca, escrutando bajo los nenúfares, intentando localizarme. Después de pedir auxilio durante años por fin apareció alguien, pero no quien yo esperaba, sino un loco reglamentario que me pilló despistada, dándome un asqueroso y sonoro beso en los labios. Por Dios, qué asco. Aterrorizada pude escapar de un salto y ocultarme tras los juncos, esperando que se cansara y se largara de allí. Pero las horas estipuladas al caso pasaron y no pude transformarme en princesa porque el imbécil seguía mirando.

David Reche Espada

Microrrelato II

Filed under: Micro- — chinchesenelespejo @ 10:55 pm

“Ni idea”, responde el hombre mirando sonriente el trozo de plástico sobre el césped mojado. Al hombre le gusta trascender la realidad. Cada vez que abre un grifo, escucha el sonido del Amazonas; cuando entra en el metro, desciende a la cueva de Alí Babá; ese perro flaco no es más que un león de incógnito en la ciudad. Sólo de esta forma consigue ser feliz. Por eso cuando visita el burdel y arroja su tarjeta Visa entre las piernas de la muchacha, la mira como un paisaje. Un amanecer radiante en las colinas de Sierra Leona mientras él se pone la chaqueta y la muchacha pregunta: “¿cuánto quieres que te cobre?”.

Isabel González González

Microrrelato I

Filed under: Micro- — chinchesenelespejo @ 10:52 pm

No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor. Ella se lo pasó en una hoja. Él, conteniendo la risa, lo completó con un buen churro de mierda asomando de la unión de las nalgas. Después lo devolvió. Ella comprendió que aquel corazón echaba humo de tanto amor contenido. Correspondida como estaba, dibujó onduladas líneas de brisa salvadora que aliviaran aquella comezón. Después lo devolvió. Él, con lágrimas en los ojos de aguantar carcajadas por líneas que imaginó pestilencias, escribió: “Eres la mejor”. Después lo devolvió. Y ella también lloró. Loca de amor. Muerto de risa. Se besaron sin saber lo que el uno significaba para el otro.

Enrique Forniés Gancedo

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