Chinches en el Espejo

noviembre 29, 2008

El mundo, en sus manos

Filed under: Micro-,Propio — chinchesenelespejo @ 7:49 pm

Todo el dolor del mundo estaba concentrado en sus manos.

Los días impares de cada mes, éstas solían estrangularse la una a la otra, con un nerviosismo tal que parecían presagiar un cataclismo. Martes sí, martes no, sus manos se tornaban tersura al tacto, vulnerables a los ojos. En las tardes de lluvia, las puntas de los dedos se volvían inquisitivas con el resto del cuerpo, mientras que al sol optaban por expandirse para chupar y absorber hasta el último rayo de vida. Todo la entrega del mundo estaba concentrada en sus manos, que a veces se replegaban para lamerse las heridas. No siempre me dejaba tocarle una piel que se herizaba, hipersensibilizada; pero cuando me dejaba, cuando se dejaba, yo era capaz de percibir físicamente todo el dolor, toda la entrega, toda la resignación y toda la angustia del mundo. Tras aquellos fugaces momentos, yo me sentía derramado: como si mi interior opaco se hubiese inevitablemente desbordado para mancharle los nudillos, las uñas, las palmas y las yemas de los dedos.

manos1

Ella albergaba el mundo en sus manos.

El mundo a cada rato

Filed under: Micro-,Propio — chinchesenelespejo @ 11:02 am

En África a veces ni siquiera da tiempo a que los niños tengan un nombre. Yo, por ejemplo, tuve que recurrir al burdo recurso de autobautizarme.

[ Inspirado por la película El mundo a cada rato ]

noviembre 25, 2008

La máscara

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 11:41 pm

Al menos cuando me hablas te sigo mirando a la cara, me había dicho con acritud. Yo recibí el escupitajo de su voz al abrigo de las piedras, al calor de la tierra a la que rogaba que por favor, por favor me engullese. Recibí el esputo de su rencor con profunda vergüenza y la cabeza gacha aunque me moría de ganas de mirarla.

Habían pasado dos meses desde que la había dejado (dos meses y tres horas, para ser exactos). En aquel tiempo ella sólo había tratado de contactar conmigo dos veces: la primera había aporreado con desesperación el portero automático de la casa de mis padres (adonde me he visto obligado a volver temporalmente), suplicándome que le ofreciera una explicación; la segunda me llamó al móvil desde el trabajo y su voz sonó tan sumamente serena que no pude negarme a la petición de que nos viéramos. Yo, por mi parte, llevaba todo aquel tiempo tragándome la necesidad de escuchar su voz y de recurrir a las dotes curativas de sus besos para sanar aquellas heridas autoinfligidas.

Cuando la vi acercarse tuve que controlar el imperioso deseo de esconderme tras un árbol: no sabía cómo se suponía que tenía que saludarla. Mientras deliberaba conmigo mismo, ella llegó hasta donde yo estaba y atajó el problema con un áspero “Siento llegar tarde”, que pareció arrepentirse de pronunciar desde el mismo momento en que el sonido empezó a escurrise entre sus labios. Si me había sorprendido escuchar por teléfono a una Andrea muy controlada, su porte altanero me dejó atónito: toda candidez había desaparecido de su mirada, que antes gustaba de revolotear para despistar la mía. Sin embargo, la mirada que blandía entonces provocó que mi cuerpo se encogiera y replegara sobre sí mismo, que mis miembros no pudieran soportar más el peso de la gravedad y buscaran asilo en la humedad del suelo. Me dijo que lo sabía. Que lo sabía todo. Y yo supe que era cierto.

[ Frase inicial proporcionada por Marco ]

noviembre 21, 2008

Mock Electricity

Filed under: Micro-,Propio — chinchesenelespejo @ 11:48 pm

Se me eriza el pelaje del corazón cuando siento de improviso, y, como junco maniatado, se deja mecer al son del sentimiento.

Sólo por presenciar ciertos momentos, la vida merece la pena. Sólo por conocer gente que con una mano te deja colgada del borde la eternidad y con la otra te posa suavemente en el asfalto de nuevo, merece la pena respirar basura.

Thanks for those few moments of true mock electricity.

Poema

Filed under: Poesía — chinchesenelespejo @ 11:19 pm

aun así intento descifrar la espera pero en el camino abro nichos con las manos
y en el ocaso enveneno el aire buscando momentos que no sean blancos
adivino otro juego y los brazos se lanzan a través de la ventana porque la caída no es tan grave
huesos rotos y sangre bajo las marcas que no escondo las señales de otro intento
hoy tampoco supe volar
y la tierra se cubrió de pétalos abriendo llaga en equilibrio
desorientando
dirigiendo rastro sobre rastro
que otra vez desfilan luces sobre caras sin boca en este amanecer de ojos extraños y a vuelta abiertos a escándalo
y yo asesiné el fin del día pasado y los retazos de noche aún me manchan las mejillas teñidas de polen

 

Izaskun Gracia Quintana

noviembre 19, 2008

Princesa china

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 3:50 pm

Aquélla era la princesa del despropósito.

Como un caracol cansado de tanto sorberse las babas, arrastraba los pies de adoquín en adoquín por la abarrotada Princesa. La mochila a la espalda colgaba con todo el peso del vacío.

Su pelo, cuyo brillo desafiaba a la mugre, era tan negro como sólo osa serlo el de las mujeres que, por geografía, madrugan más que nadie para saludar con orgullo al sol. Era agreste; desde las botas de monte que calzaba hasta el rictus huraño de sus ojos afilados, exhalaba libertad contenida. Hasta la explosión. Grita. Empuja. Profiere en chino todos los juramentos que consigue recabar en tres segundos. Y calla de nuevo. Y grita otra vez. Y señala con el dedo. Y agarra de las solapas a un transeúnte que, bajada la guardia, se deslizaba astutamente entre la muchedumbre.

Ella es la princesa de la Calle Princesa: basta una mirada suya para doblegar las demás, basta una zancada suya para que se dibuje un pasillo en su honor. Princesa china, ante tu desvirtuada cordura nos arrodillamos.

 

chinaruda

noviembre 17, 2008

Las verdades de las truchas

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 11:41 pm

 

Detrás de cada trucha se esconde siempre una gran historia. O, al menos, eso era lo que nos solía decir mi padre.

Septiembre era la mejor época para pescar, y desde finales de mayo, cuando el verano apenas se dignaba aún asomar la cabeza, él ya se estaba preparando para su particular magnífico preludio del otoño. Para cada nueva ocasión tenía que estrenar algo, ya fuera algún amarre nuevo para la caña, o un chubasquero más adecuado que el anterior “chubasquero adecuado”; siempre algo, aunque a veces la novedad sólo consistiera en un afeitado diferente o en adherir cinta nueva a las suelas de las botas de goma.

Al principio –aunque no sabría precisar cuándo fue eso-, mi padre iba a pescar con el tío Jerry y con Tom, el “chico para todo” del pueblo. Pero, hasta donde mi memoria alcanzaba, echar y recoger la caña era una afición que a mi padre le gustaba disfrutar en su sola compañía. Y sus víctimas favoritas eran las truchas.

La suya no era, en absoluto, una predilección arbitraria, si no que respondía a unos razonamientos “perfectamente lógicos” que él era muy dado a exponer. Para mi padre, las truchas eran almas inmortales que le inspiraban una reverencia que la tradición familiar se había afanado por inculcarle. Cuando éramos pequeñas, él solía explicarnos estos sentimientos en términos que estuvieran a nuestro alcance, y así aprendimos que las truchas no eran más que las numerosísimas hijas encantadas del jefe del lago Ottawa, que por venganza de las fuerzas fluviales estaban condenadas a viajar infatigablemente río arriba, río abajo con el único impulso de sus frágiles aletas de pez. Él siempre regresaba de sus incursiones al lago con una u otra historia relativa a esta o aquella joven princesa-trucha: Powatah le había enseñado cierta canción secreta, que él ahora nos confiaba; Niniya le había conducido hasta cierta cueva maravillosa, cuyos tesoros él ahora compartía con nosotras…, etc. Cuando se nos derritió la edad de las historias, empezó a traer únicamente truchas.

Sin embargo, cada nuevo septiembre empezó a llegar cada vez más raído, y cada vez mi madre despedía a mi padre en la entrada de nuestra casa con un beso cada vez más incoloro. En el momento en que la puerta se cerraba con un golpe seco los ojos parecían hacérsele añicos, aunque enseguida volvían a recomponerse en las cuencas con habilidad caleidoscópica. Sólo con el tiempo aprendimos mi hermana y yo a sorprender aquel fugaz descosido en el entramado de su compostura.

Y sólo con el tiempo, y con los años, aprendimos a interpretar en la melancólica alegría del estío de mi padre y en la pena subyacente a la resignación de mi madre que las truchas y su magia no eran más que el pretexto para aliviar, por un tiempo y por costumbre, el peso de la fuerza de la costumbre familiar.

noviembre 10, 2008

Todas las cosas bellas (sin final)

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 11:50 pm

Soltó las bolsas sobre la mesa y se desenganchó de los dedos aquellas asas como enredaderas. No parecía haber oído el ruido de huevos rotos.

Se quedó clavada unos instantes en el suelo de la cocina. Salió de allí enseguida a paso rápido y se dirigió al salón. Rebuscó a tientas, mecánicamente, en el cajón superior del mueble de caoba y, también mecánicamente, sacó de la cajetilla y fijó entre los labios el cigarrillo que llevaba  4 meses y 3 días esperando su gran momento. No lo encendió; no parecía darse cuenta de que estaba apagado. Su reflejo, frente a ella, seguramente se reía.

Sin previo aviso, sus ojos se colapsaron y restalló una lágrima, la primera valiente. Cayó gruesa y lenta, con desgana, con el pesimismo de saber que no merece la pena la fatiga. Las manos se buscaron la una a la otra, un pie dio coraje al otro y, así, el cuerpo buscó refugio en la silla y la frente se asiló entre los brazos, sobre la mesa del salón. Tanta intimidad con una misma dolía.

El grito fue liberador: cortó limpiamente en dos la mordaza de tristeza de su garganta. Chirrió la silla hacia atrás, arañando el parquet nuevo de la estancia. Antes de llegar al dormitorio ya se había quitado la camisa. Lanzó los zapatos, uno, otro, zas; uno dio en la puerta del armario, otro aterrizó sobre la cama, y las medias descansaban en paz, hechas trizas, en el umbral de la puerta. Se deshizo de la falda con rabia y se encaró con su yo más lloroso. Comenzó a estudiar su figura con ojo crítico: los pechos grandes, un poco bajos, contenidos por puntilla blanca (los mantuvo alzados con las manos, con decisión, durante unos segundos); la piel suave, pálida y algo flácida, un poco amontonada sobre el borde de la braga, a la altura del ombligo; las incipientes varices, las vergonzosas varices, cruel marca del peso de la edad sobre los miembros… Se acercó un poco más y siguió el contorno de los ojos con dedos ligeramente temblorosos: las arrugas como tiernas raíces que se deshilachan sedientas de savia, la tristeza verdosa de las ojeras, la amarga línea de las cejas hirsutas… Por primera vez, vio que el pozo de su infelicidad goteaba sin freno a lágrimas brillantes.

noviembre 9, 2008

Encuentros (2ª parte)

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 8:04 pm
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– ¡Ali! Tía, ¿qué tal?, te tengo que contar… ¡Ah! ¡Ah, perdone! Es que la he confundido con Alicia. Vale, vale, gracias. ¿Ali? Joder, tía, qué fuerte, ¡cómo se parece tu voz a la de tu madre! Bueno, ¿qué tal? Bah, yo bien también, aquí aburrida. ¿Qué tal lo pasasteis anoche? Joé, lo dices con un entusiasmo… Ya, pero a ver, es que es normal que Cris esté apagadilla, con la que tiene encima… Ya. Ya. ¿Y cuando ella se fue? ¿En el Kaos estuvisteis? ¡Joder, con las ganas que tengo yo de ir a ese garito! Pues yo… bueno, el viaje un rollo, para variar, ya sabes, aunque por lo menos no me mareé. Encima con atascos al salir de Madrid… es que DIOS, la mitad de los coches de esta puta ciudad sobran, te lo juro. ¡Encima es que todos tienen prisa, joder! Ni que tuvieran que resolver asuntos de Estado, vamos… Ya, ya… Pero bueno, con calma y ya está, paciencia… ¡Ah! Bueno, tía, pues sin más… ¡Es que me he enamorado! No, joder, no, es un decir, está claro, pero… es que buff… Pues mientras estaba esperando al autobús, que llegué a la estación un poco pronto. Qué va, tía, ni media palabra hablamos… Porque, joé, ya sabes cómo soy: me daba vergüenza. A ver, Alicia, ¿quieres que te cuente o no? Pues eso, que estaba yo esperando al autobús, sentada en un banco, muerta de sueño de aburrimiento y de todo… ¿qué? Ya tía, pero yo qué sé, pues tenía sueño. Bueno, y eso: que de repente veo venir a un chico corriendo… y es que me fijé porque me hizo muchísima gracia, tía, porque iba súper cargado de bolsas, ahí súper torpecillo… Yo pensando “A que se cae” (pero qué va). Y eso, que me fijé en él y yo como “Uy, ¡qué mono!”. Era de los que me gustan a mí, en plan… ¿qué? Sí, tía, “desaliñado”, como tú dices… Con el pelo un poco larguito, castaño, muy alto… ¿Los ojos? Pues no sé, la verdad, porque entre que estaba un poquillo lejos y que tampoco quería que me pillara mirándole fijamente… Pero vamos, seguro que los tenía bonitos. Era un estilo… Leonardo Svaraglia, ¿sabes cómo te digo? O bueno, igual más tipo Noriega… Bueno, da igual. El caso es que era bastante mono y… me miraba, tía. En serio. Pues porque yo le miraba de reojo… Yo creo que se tuvo que dar cuenta, pero bueno. ¡Ah! Encima… minipunto: ¡yo creo que le gusta leer! ¿Qué? Joder, pues porque eso para mí le hace interesante, tía, lo mismo que para ti es más interesante un tío con pinta de metrosexual… (así te llevas tú luego esos chascos, que luego la mitad resultan ser gays). ¡Joder, pues yo qué sé, tía! ¡No sé! ¡Me dio palo decirle nada! Además, que se hubiera acercado él, no te digo… Si además es que yo ya paso de los tíos, vamos, que con el gilipollas de Iker ya tuve bastante para una buena temporada… ¡Joé, pero es que encima tenía un culito…! No, pero a ver, ahora hablando en serio: es que tenía algo especial ese chico. Sí, aparte del culito, quiero decir. Pues no lo sé. Un “algo”. ¿Nunca te ha pasado? Ya, bueno, a la chocholoco number one le voy a preguntar, que te da lo mismo feo que guapo, alto que bajo, buena gente que cabrón… (sin ánimo de ofender, ¿eh?). Pues… no sé, Ali, es que es difícil de explicar. Era como que se notaba que había una conexión entre nosotros dos, ¿sabes? Una conexión que podría llegar a afinidad… ¿Afinidad? Pues cuando congenias con una persona, no sé. ¿Congeniar? Pues… bah, déjalo. Que me pareció un chico especial y punto. Qué va, tía, es que yo me fui antes, no sé qué autobús cogería, ni siquiera sé si estaba de paso por Madrid o qué. Joé, es que me encantaría haber hablado con él, tía… Aunque sólo hubiera sido por escuchar su voz… ¡…Y tú una insensible, tía! Joder, lo llego a saber y ni te lo cuento, vamos. No sé, la próxima vez que vuelva a coger el autobús intentaré cogerlo a la misma hora, a ver si volvemos a coincidir… Y si no, pues nada… Vale, vale, tía. Pues nada, que te aproveche. Mañana nos vemos. Buenas noches.

noviembre 7, 2008

Menudencias

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 5:04 pm

MENUDENCIAS[1]

 

Ya no importa que no estés conmigo: lo terriblemente doloroso es tragarse todo aquello que te quedaste sin saber. Puesto que si te sigo queriendo o no es algo sobre lo que no hay duda –lo gritan mis ojos al perseguirte de memoria los labios–, hoy, de nuevo frente a la casa de tus padres, voy a hablar de menudencias.

Te quedaste sin saber que en realidad yo no soy de las que remolonean en la cama, y que fingía pereza sólo por estirar en el tiempo la protección de tu abrazo. Que en realidad no me molestaba tanto que hablaras alto por teléfono, ni que abrieras la puerta con esos rabiosos giros de la llave que anunciaban tu más pura esencia. Nunca te diste cuenta de que, cuando volvías después de haberte ido, tus pijamas habían mudado de olor. Por cierto: que las cosquillas también las fingía.

Te quedaste sin saber que antes de conocerte el té no me gustaba; más aún, que muchos de mis actuales hábitos están irreversiblemente empañados de ti. Te quedaste sin saber que, aún hoy, no puedo pintarme los labios sin recordar cuánto te gustaba arrancarme el carmín, ni puedo sonreírle al espejo sin descubrirte espiándome desde el ángulo inferior izquierdo. Que he dejado de ponerme la ropa que no me hubieras regalado tú.

Te quedaste sin saber que lo de irnos a vivir juntos me pareció muy precipitado, pero que me entusiasmé contigo por miedo a que se condensase y esfumara aquel vaho que exhalaban nuestros cuerpos retorcidos. Nunca te llegué a decir que la parte de tu cuerpo que más me gustaba no era tu pelo recio –por más que lo acariciara, apoyada la cabeza en mi regazo–; ni tu espalda –por más que dibujara en ella contornos imposibles con el dorso de la lengua–; ni tu sonrisa, ni tu mirada, ni tus glúteos, ni tus brazos. Eran esas manos de guitarrista, grandes pero esbeltas, marcadas por tus bolígrafos y mis gatos, por amoldarse con sumisión, ternura, rabia y exigencias a las convexidades de mi cuerpo titilante.

Te has quedado sin descubrir que valgo mucho, mucho más de lo que aparento. Te has quedado sin verme reír libre, y sin pasear a orillas del Danubio conmigo. Te has perdido las cruentas luchas contra mí misma por tratar de olvidarte y los lametones de animal magullado –pero feliz– tras cada pequeñísima victoria. Te has quedado sin saber que sobre los tejados de Madrid llueve más bonito en primavera; que no siempre que digo “vale” quiero decir “sí”, ni siempre que digo “no” es una negativa. Nunca has sabido que cuando nos peleamos en la Nochevieja del 99 rompí todas las copas de la vajilla de mi hermana Ángela, una tras otra, y después los platos hondos, uno por uno, y que incluso llegué a atacar los platos llanos antes de que mi tío Pedro y mi padre pudieran pararme. Te has quedado sin saber que mi madre sufrió por tu culpa casi más que yo, y que te quiso también un poquito. Te has quedado sin ver que there’s a black in charge of the States! y sin comprobar que el mundo sigue tan jodido como siempre.

Te has quedado sin saber que me comí con patatas todos mis principios y que, casi en la treintena, he empezado a jugar a la ouija para que alguien me engañe y me diga que desde umbrales ignotos estás intentando contactar conmigo.


[1] Texto inspirado por la canción Todo lo que no de L-KAN.

 

 

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