Chinches en el Espejo

noviembre 10, 2008

Todas las cosas bellas (sin final)

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 11:50 pm

Soltó las bolsas sobre la mesa y se desenganchó de los dedos aquellas asas como enredaderas. No parecía haber oído el ruido de huevos rotos.

Se quedó clavada unos instantes en el suelo de la cocina. Salió de allí enseguida a paso rápido y se dirigió al salón. Rebuscó a tientas, mecánicamente, en el cajón superior del mueble de caoba y, también mecánicamente, sacó de la cajetilla y fijó entre los labios el cigarrillo que llevaba  4 meses y 3 días esperando su gran momento. No lo encendió; no parecía darse cuenta de que estaba apagado. Su reflejo, frente a ella, seguramente se reía.

Sin previo aviso, sus ojos se colapsaron y restalló una lágrima, la primera valiente. Cayó gruesa y lenta, con desgana, con el pesimismo de saber que no merece la pena la fatiga. Las manos se buscaron la una a la otra, un pie dio coraje al otro y, así, el cuerpo buscó refugio en la silla y la frente se asiló entre los brazos, sobre la mesa del salón. Tanta intimidad con una misma dolía.

El grito fue liberador: cortó limpiamente en dos la mordaza de tristeza de su garganta. Chirrió la silla hacia atrás, arañando el parquet nuevo de la estancia. Antes de llegar al dormitorio ya se había quitado la camisa. Lanzó los zapatos, uno, otro, zas; uno dio en la puerta del armario, otro aterrizó sobre la cama, y las medias descansaban en paz, hechas trizas, en el umbral de la puerta. Se deshizo de la falda con rabia y se encaró con su yo más lloroso. Comenzó a estudiar su figura con ojo crítico: los pechos grandes, un poco bajos, contenidos por puntilla blanca (los mantuvo alzados con las manos, con decisión, durante unos segundos); la piel suave, pálida y algo flácida, un poco amontonada sobre el borde de la braga, a la altura del ombligo; las incipientes varices, las vergonzosas varices, cruel marca del peso de la edad sobre los miembros… Se acercó un poco más y siguió el contorno de los ojos con dedos ligeramente temblorosos: las arrugas como tiernas raíces que se deshilachan sedientas de savia, la tristeza verdosa de las ojeras, la amarga línea de las cejas hirsutas… Por primera vez, vio que el pozo de su infelicidad goteaba sin freno a lágrimas brillantes.

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