Chinches en el Espejo

noviembre 17, 2008

Las verdades de las truchas

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 11:41 pm

 

Detrás de cada trucha se esconde siempre una gran historia. O, al menos, eso era lo que nos solía decir mi padre.

Septiembre era la mejor época para pescar, y desde finales de mayo, cuando el verano apenas se dignaba aún asomar la cabeza, él ya se estaba preparando para su particular magnífico preludio del otoño. Para cada nueva ocasión tenía que estrenar algo, ya fuera algún amarre nuevo para la caña, o un chubasquero más adecuado que el anterior “chubasquero adecuado”; siempre algo, aunque a veces la novedad sólo consistiera en un afeitado diferente o en adherir cinta nueva a las suelas de las botas de goma.

Al principio –aunque no sabría precisar cuándo fue eso-, mi padre iba a pescar con el tío Jerry y con Tom, el “chico para todo” del pueblo. Pero, hasta donde mi memoria alcanzaba, echar y recoger la caña era una afición que a mi padre le gustaba disfrutar en su sola compañía. Y sus víctimas favoritas eran las truchas.

La suya no era, en absoluto, una predilección arbitraria, si no que respondía a unos razonamientos “perfectamente lógicos” que él era muy dado a exponer. Para mi padre, las truchas eran almas inmortales que le inspiraban una reverencia que la tradición familiar se había afanado por inculcarle. Cuando éramos pequeñas, él solía explicarnos estos sentimientos en términos que estuvieran a nuestro alcance, y así aprendimos que las truchas no eran más que las numerosísimas hijas encantadas del jefe del lago Ottawa, que por venganza de las fuerzas fluviales estaban condenadas a viajar infatigablemente río arriba, río abajo con el único impulso de sus frágiles aletas de pez. Él siempre regresaba de sus incursiones al lago con una u otra historia relativa a esta o aquella joven princesa-trucha: Powatah le había enseñado cierta canción secreta, que él ahora nos confiaba; Niniya le había conducido hasta cierta cueva maravillosa, cuyos tesoros él ahora compartía con nosotras…, etc. Cuando se nos derritió la edad de las historias, empezó a traer únicamente truchas.

Sin embargo, cada nuevo septiembre empezó a llegar cada vez más raído, y cada vez mi madre despedía a mi padre en la entrada de nuestra casa con un beso cada vez más incoloro. En el momento en que la puerta se cerraba con un golpe seco los ojos parecían hacérsele añicos, aunque enseguida volvían a recomponerse en las cuencas con habilidad caleidoscópica. Sólo con el tiempo aprendimos mi hermana y yo a sorprender aquel fugaz descosido en el entramado de su compostura.

Y sólo con el tiempo, y con los años, aprendimos a interpretar en la melancólica alegría del estío de mi padre y en la pena subyacente a la resignación de mi madre que las truchas y su magia no eran más que el pretexto para aliviar, por un tiempo y por costumbre, el peso de la fuerza de la costumbre familiar.

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