Chinches en el Espejo

diciembre 27, 2008

La niña que quiso ser agua

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 3:13 pm

Mi hermana mayor decía que la lluvia tenía cada día un sabor diferente. Y cada día mi madre y ella se peleaban precisamente por aquel motivo. Que te pongas el chubasquero, que no me apetece. Que desempolves el paraguas, que no me da la gana. Que te calces el sombrero, que no quiero. Argumentaba mi hermana que, empapelada como una cebolla, era imposible sentir aquella lluvia fina como lluvia de alfileres. Pero ¿para qué quieres sentir eso, niña?, le gritaba mi madre, desesperada. La niña se escondía tras sus trenzas rubias, de hebras tan finas como lluvia de alfileres. Y callaba, de vergüenza. Era demasiado mayor para que la oyeran hablando de hadas.

Mi madre era de las de mejor prevenir que curar, y, así, las dos pequeñas salíamos a hacer recados escudadas tras sendas bufandas. Éstas solían variar de otoño en otoño, puesto que la tía Remedios era una fanática de la lana. La del 88 fue la Navidad de las rayas; en el 87 habíamos lucido lunares (por mucho que insistiera, la tía nunca contaría a mi madre cómo lograba hacerlos); y tanto el 89 como el 90 fueron años de bufandas jaspeadas. Pero una vez hubiéramos doblado el recodo, y hubiéramos perdido de vista a mi madre, que nos saludaba con la mano desde el balcón, al otro lado de la ría, mi hermana se desembarazaba de la suya con un golpe de muñeca que yo nunca fui capaz de imitar. Era visto y no visto. Era la niña de las anginas.

Años más tarde, mi hermana me confesaría la razón de su afición por la lluvia. Habíamos decidido vernos en un viejo café, mítico en el barrio, porque estaba a punto de cerrar sus puertas para siempre (la pareja de ancianos que lo regentaba estaba ya ansiosa por jubilarse y, al parecer, sus hijos tenían más altas miras). Allí, envueltas en el clima de confianza que propiciaban los vapores del chocolate caliente, embriagadas por el humo que seguía empeñado en agrietar las añejas vigas, me confió entre risas por qué de pequeña dejaba que su piel chupara diariamente gotas de lluvia: para llegar algún día a mimetizarse con la ría. Y es que ella siempre había querido ser Lamia.

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diciembre 18, 2008

If

Filed under: Uncategorized — chinchesenelespejo @ 4:55 pm
If you can keep your head when all about you
Are losing theirs and blaming it on you;
If you can trust yourself when all men doubt you,
But make allowance for their doubting too;
If you can wait and not be tired by waiting,
Or being lied about, don't deal in lies,
Or being hated, don't give way to hating,
And yet don't look too good, nor talk too wise:

If you can dream -- and not make dreams your master;
If you can think -- and not make thoughts your aim;
If you can meet with Triumph and Disaster
And treat those two imposters just the same;
If you can bear to hear the truth you've spoken
Twisted by knaves to make a trap for fools,
Or watch the things you gave your life to, broken,
And stoop and build 'em up with worn-out tools;

If you can make one heap of all your winnings
And risk it on one turn of pitch-and-toss,
And lose, and start again at your beginnings
And never breathe a word about your loss;
If you can force your heart and nerve and sinew
To serve your turn long after they are gone,
And so hold on when there is nothing in you
Except the Will which says to them: "Hold on!"

If you can talk with crowds and keep your virtue,
Or walk with kings -- nor lose the common touch,
If neither foes nor loving friends can hurt you,
If all men count with you, but none too much;
If you can fill the unforgiving minute
With sixty seconds' worth of distance run --
Yours is the Earth and everything that's in it,
And -- which is more -- you'll be a Man, my son!

Kipling

Los únicos

Filed under: Propio — chinchesenelespejo @ 4:45 pm

Aquellos eran los payasos de la desolación, y la pequeña no se atrevía a aproximarse. Cada día se aventuraba más cerca, pero siempre giraba sobre sus talones y corría a hacerse un ovillo en el quicio del gran portón de la iglesia. Desde allí los observaba, y alargaba la frágil cabecita en vanos esfuerzos por escuchar sus bromas. Se merendaba las lágrimas.

Lo que más pena le daba era saberse la única. Para el resto de la gente, para aquellos habitantes sin rostro que merodeaban por la ciudad de la amargura, los payasos no eran más que molestos fantasmas de otra época. Una época mejor, una época en la que el color teñía los bancos de la plaza, en que los ojos de los niños huían de las sombras. Una época en que los perros se atrevían a reír. La niña no había conocido aquella época, y sin embargo la tenía prendida entre los labios, sin saberlo; lo que sí sabía era que aquel aburrimiento mortal de viandantes, escaparates, vagabundos, piedras y paradas de autobús debía ser un espejismo. A lo que ella se aferraba, en la soledad que llevaba cuatro años mamando, era a aquella visión, inquietante por desconocida, de tres hombres que tenían la osadía de dar saltos con sus chillonas pelucas mientras dejaban que unas lágrimas del tamaño de uvas maduras les estropearan el maquillaje.

diciembre 17, 2008

Confusión semantico-sentimental

Filed under: Propio — chinchesenelespejo @ 4:31 pm

Me hacen cosquillas en la nariz, tus espinas.

Me hacen el amor tus espinas, en las cosquillas.

Me cosquillean tus espinas en la nariz, mi amor.

Me cosquillea el amor, mi vida.

Me acaricia las espinas tu amor, vida mía.

Me duelen en la vida tus espinas, amor.

Y en el llanto más desgarrado,

en las narices del amor,

me devano las espinas,

tus espinas,

una a una.

diciembre 16, 2008

En el nombre del padre

Filed under: Propio — chinchesenelespejo @ 10:59 pm

Mi padre me inculcó el ateísmo como otra religión cualquiera.

Crecí asfixiado por los halos de espiritualidad opaca que enturbiaban el aire en cada estancia de la casa, por las marcas de las batallas contra Dios en las paredes. Me tatuó en la piel, teñida de otro color, la uniformidad de pensamiento. En los primeros años se aprovechaba de la ciega adoración que sentía por él, y es de esta época de donde provienen mis más enraizadas convicciones: ya no sé qué pienso por haberlo pensado yo ni qué pienso por habérmelo contagiado él. En torno a los siete años comencé a promulgar su mensaje por las aulas del colegio; hacía saber a todos que la primera comunión no era más que una patraña mientras trataba de sonsacarles sobre qué regalos iban a recibir. Después llegó la época vandálica de la adolescencia, cuando me especialicé en el bautismo de crucifijos.

diciembre 11, 2008

Vicisitudes de una sardina (dentro y fuera de su lata)

Filed under: Propio — chinchesenelespejo @ 3:59 pm

La sardina número 51 escucha, con sus orejas escamosas, el terrorífico crujido de la lata abriéndose poco a poco. Con infinito cuidado, se introduce en el vehículo a través de la cortante abertura y se para a reflexionar sobre la vital necesidad –y el peligro– de adoptar la ingeniosa idea de los compatriotas “japos”, que contratan personal empujador (pusher staff) para ayudar a los usuarios a comprimirse en el interior de los transportadores públicos. Casi se ha pillado la colita.

El aparato transportador se pone en marcha entre quejidos y crujidos, se para dos metros más adelante y avanza otros tantos dando saltos olímpicos. “¡Menuda lata!”, piensa;  y se ríe en voz alta de su propia ocurrencia. Las sardinas número 50, 49, 48 y 46, y hasta la adormilada sardinita 47, que ocupa un espacio privilegiado colgada de la espalda de la número 46 (su madre), le miran con el ceño fruncido: no estamos como para derrochar oxígeno.

 

diciembre 2, 2008

Sin título y sin terminar

Filed under: Propio — chinchesenelespejo @ 11:48 pm

Me llamo Paula, por cierto[1] –dijo ella mientras se limpiaba con el dorso de la mano la sangre que le había salpicado la frente. Después se acomodó el tiro de las medias, se recolocó la falda en las caderas, acariciando el ombligo, y se alejó de allí a grandes zancadas. No se dignó ofrecer ni una mirada de compasión a aquel cuerpo que yacía patéticamente en el suelo, como un trenecito de juguete destartalado. La firmeza de sus tacones hizo tronar al suelo hasta que dobló la esquina: sólo entonces se permitió apoyarse en la pared para echarse a temblar.

Todavía le ardían las garras de él en la tersa piel del interior de los muslos. Todavía respiraba con dificultad, contaminado el pecho por la putrefacción de su aliento. Todavía sentía su filo en la entrepierna.

La había desnudado con exigencias, pero a aquellas alturas de la vida ella ya había visto de todo. Más violencia significaba menos tiempo y más dinero. Ella prefería, sin ninguna duda, a los clientes de aquel tipo antes que a los clientes remolones, esos que se regodeaban en cada pliegue, esos a los que les encantaba retrasar el final. Y a los que la trataban con delicadeza, los odiaba. No quería encontrarse en el trabajo nada que pudiera asemejarse remotamente al amor privado. No quería que nadie fingiese quererla con el cuerpo. La rudeza en las relaciones caía mucho antes en el olvido, y ella prefería vivir desmemoriada hasta que volviera a aventurarse en el interior de un coche ajeno.


[1] Frase inicial proporcionada amablemente por Marco


 

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