Chinches en el Espejo

diciembre 18, 2008

If

Filed under: Uncategorized — chinchesenelespejo @ 4:55 pm
If you can keep your head when all about you
Are losing theirs and blaming it on you;
If you can trust yourself when all men doubt you,
But make allowance for their doubting too;
If you can wait and not be tired by waiting,
Or being lied about, don't deal in lies,
Or being hated, don't give way to hating,
And yet don't look too good, nor talk too wise:

If you can dream -- and not make dreams your master;
If you can think -- and not make thoughts your aim;
If you can meet with Triumph and Disaster
And treat those two imposters just the same;
If you can bear to hear the truth you've spoken
Twisted by knaves to make a trap for fools,
Or watch the things you gave your life to, broken,
And stoop and build 'em up with worn-out tools;

If you can make one heap of all your winnings
And risk it on one turn of pitch-and-toss,
And lose, and start again at your beginnings
And never breathe a word about your loss;
If you can force your heart and nerve and sinew
To serve your turn long after they are gone,
And so hold on when there is nothing in you
Except the Will which says to them: "Hold on!"

If you can talk with crowds and keep your virtue,
Or walk with kings -- nor lose the common touch,
If neither foes nor loving friends can hurt you,
If all men count with you, but none too much;
If you can fill the unforgiving minute
With sixty seconds' worth of distance run --
Yours is the Earth and everything that's in it,
And -- which is more -- you'll be a Man, my son!

Kipling

Los únicos

Filed under: Propio — chinchesenelespejo @ 4:45 pm

Aquellos eran los payasos de la desolación, y la pequeña no se atrevía a aproximarse. Cada día se aventuraba más cerca, pero siempre giraba sobre sus talones y corría a hacerse un ovillo en el quicio del gran portón de la iglesia. Desde allí los observaba, y alargaba la frágil cabecita en vanos esfuerzos por escuchar sus bromas. Se merendaba las lágrimas.

Lo que más pena le daba era saberse la única. Para el resto de la gente, para aquellos habitantes sin rostro que merodeaban por la ciudad de la amargura, los payasos no eran más que molestos fantasmas de otra época. Una época mejor, una época en la que el color teñía los bancos de la plaza, en que los ojos de los niños huían de las sombras. Una época en que los perros se atrevían a reír. La niña no había conocido aquella época, y sin embargo la tenía prendida entre los labios, sin saberlo; lo que sí sabía era que aquel aburrimiento mortal de viandantes, escaparates, vagabundos, piedras y paradas de autobús debía ser un espejismo. A lo que ella se aferraba, en la soledad que llevaba cuatro años mamando, era a aquella visión, inquietante por desconocida, de tres hombres que tenían la osadía de dar saltos con sus chillonas pelucas mientras dejaban que unas lágrimas del tamaño de uvas maduras les estropearan el maquillaje.

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