Chinches en el Espejo

enero 4, 2009

El amador tenaz

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 6:09 pm

Era tan sencillo no quererla… Pero a mí siempre me habían gustado las cosas difíciles, que supusieran un reto para mi carácter y probaran los límites de mi paciencia. Por eso, durante mucho tiempo, me empeñé infructuosamente en amarla con locura.

Nos conocimos de la forma más vulgar posible (la noche en que nuestros cuerpos se anticiparon a los sentimientos juramos que inventaríamos una anécdota digna que contar a nuestros nietos). Me la encontré una noche de sábado vomitando sobre la acera, con el pelo empapado en sudor refulgiendo a la luz de las farolas. Sólo una estrella se dignaba brillar en el cielo, pero fue suficiente: me arrastró dulcemente hasta su casa y se quedó dormida nada más rozar las sábanas. Teniendo en cuenta que no iba a conseguir colaboración por su parte, la lógica me indicaba sabiamente que me fuera; sin embargo, algo en la fuerza de su respiración desacompasada me anclaba a la cama. Luché con el sueño durante horas, ansioso por beber todo el olor que desprendía su piel. Creo que fue aquella noche cuando me enamoré de sus axilas, disfrazadas de algodón por la osadía de la luna. La casa no tenía persianas: a la mañana siguiente me contaría que le encantaba despertarse con el saludo del sol.

– ¿Qué haces aquí todavía? – me dijo cuando amaneció. Creí que estaba avergonzada por el deplorable estado en que la había visto la noche anterior, pero en honor a la verdad diré que ella siempre se empeñó en no quererme nada. Aún así, me invitó a café, y yo descubrí que sus ojos olían a avellana. No volví a mi casa hasta cuatro días después, y fue únicamente para recoger un par de cosas.

Ahora que ella me ha dejado me veo obligado a quererla aún más. Y no sólo a ella: adoro también sus desplantes, sus desaires, su risa despectiva, sus ojos de gata en celo, sus lágrimas gruesas, sus zarpazos en el alma y sus disculpas medio rotas. Adoro cada adoquín que recubre su calle y cada meada de perro dibujando contornos en las esquinas (reconozco en cada una la marca de Tor, aunque sé que es imposible porque hubo que sacrificarlo hace medio año). Imagino el eco de su risa en la frutería –era adicta a las manzanas Golden– y me deleito sondeando hábilmente a María, la frutera. Disfruto del frío invernal en mi rostro, porque sé que el aire la ha mimado también a ella. Llevo una rosa blanca prendida de la chaqueta cada día, por si la Fortuna me sonríe desde su rostro al doblar cualquier recodo. Amo la ranura del buzón porque me recuerda a su entrepierna. Lo más sencillo es no quererla, pero yo soy un luchador.

“Mario,tnems q verns.A las 5 n l parq”

Escueta. Directa. Exigente. En su línea.

17:06h. Llega tarde. En su línea. De repente oigo un ronco ladrido; giro la cabeza y la veo, tirando de una correa de cuyo extremo tira un perro, un gran Gran Danés. Qué pronto has sustituido a Tor, maldita.

Me inclino para besarla en la mejilla, pero ella se aparta.

–Mario, he venido solamente a decirte que quiero que me dejes en paz –vacila. (Escueta, directa, exigente: en su línea)–. Si no, voy a tener que dar parte a la Policía.

Su petición me deja totalmente aturdido. ¿Qué quiere decir? ¿Se ha vuelto loca? No sé qué responder; me limito a mirarla fijamente y advierto que ha engordado. Apenas unos milímetros más de contorno de cintura, pero es que yo conozco su cintura al milímetro.

–¿Estás embarazada?

Ella parpadea, la boca ligeramente abierta. Se recompone enseguida.

–Eso no viene al caso ahora. Mario, ¿has escuchado lo que te he dicho? Que QUIERO QUE ME DEJES EN PAZ.

–Ha sido él, ¿verdad? Él te ha preñado y encima te ha regalado este monstruo –casi afirmo, señalando al enorme perro–. Has barrido a Tor de tu vida lo mismo que me has barrido a mí. A escobazos. Como si fuéramos basura –escupo esta última palabra mientras una lágrima tiembla en el abismo de mi párpado.

–Mario, por favor… –un velo de culpabilidad parece empañar sus ojos durante unos momentos–. No hay ningún “él”. Y, aunque lo hubiera, no sería asunto tuyo: tú y yo no estamos juntos. Nunca lo hemos estado, de hecho. Apenas fueron un par de noches, Mario.

La lágrima traidora se retrae ante tamaña ofensa: ¿cómo que nunca estuvimos juntos? Lo que yo decía: esta chica está loca, está completamente loca. Y sigue hablando.

–Al principio pensaba, simplemente, que ya se te pasaría (todo el mundo tiene derecho a enamorarse y a dolerse si no es correspondido). Pero en los últimos meses esto se te está yendo de las manos, Mario: ya no son sólo las llamadas de teléfono, si no las cartas, el chocarme contigo en cada esquina, los mensajes… Ni siquiera ha servido de nada que cambie de número, porque, no sé cómo, lo has vuelto a conseguir. ¡Mario, DÉJAME VIVIR, por Dios! –calla para coger aire–. Y te juro que ésta es la última vez que te lo digo: si no lo haces, te lo repito, tendrás que atenerte a las consecuencias.

Da media vuelta y se marcha por donde ha venido. Se aleja de mí. Contonea las caderas. Me endurezco. La quiero. Aunque ella se niegue a aceptar sus sentimientos, yo he de mantenerme firme. Sé que pesa sobre mis hombros la dura carga de mantener a flote nuestro amor: ahora más que nunca he te tener fe, y tenacidad, por los dos.

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1 comentario »

  1. A partir de la rendija del buzón (tal vez un poco antes) ya estaba empezando a darme miedo…
    Muy perturbador y muy bueno, Paula.

    Comentario por lyra — enero 28, 2009 @ 2:50 pm | Responder


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