Chinches en el Espejo

enero 30, 2009

Puertos de conexión

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 2:06 pm

–Así que “la actriz Valeria Arregi desmiente los rumores de que haya una tercera persona relacionada son su ruptura con el empresario Nacho Merino”, ¿eh? –dijo con tono indignado una voz masculina al otro lado del teléfono.

–Jacques, yo… –titubeó Valeria. Se mordió el labio, en un esfuerzo por intentar buscar una respuesta adecuada.

–No digas nada. Tu silencio es suficientemente elocuente.

El pitido del teléfono cuando alguien cuelga bruscamente es aún más punzante que el frío asesino que el aire contaminado de la Gran Vía no consigue apaciguar. A veces le gusta caminar por el centro neurálgico de la ciudad, sorteando peatones, escapando del estrés de su vida diaria zambulléndose en el torbellino de estrés en que giran las vidas de otros. En ocasiones, lo absurdo de las cosas sólo se ve si se adopta otra perspectiva. Mientras anda se siente escudada dentro de una burbuja irrompible, inmune a las embestidas del ajetreo mundano. La gente sólo repara en su existencia si se choca frontalmente con ella. Le encanta que, detrás de las gafas de sol estilo Lennon, la vida se vea del color de las películas antiguas.

Valeria supone que son más o menos las cuatro y media de la tarde y que Jacques está viendo alguno de los programas de sobremesa con los que le gusta mantenerse informado acerca de su propia vida. Ella tiene la sospecha de que está con el dedo siempre encima del botón “REC”, preparado listo ya para inmortalizar los momentos estelares de su afectado rostro en la pantalla. Valeria suele levantarse del sofá e irse a redepilarse las cejas al cuarto de baño, o a poner a hervir un té para dos que terminará sorbiendo a solas. A veces, incluso, opta por enclaustrarse en el dormitorio, imbuirse del pálido gris de las paredes y acariciarse la soledad de entre las piernas. Casi siempre deja la habitación un poco menos ella.

Suele ser cierto que los hombres se refugian en el regazo femenino; que aun en los más climáticos momentos de salvajismo lo único que buscan es la calidez del abrazo. Al menos, eso era lo único que Valeria había conocido de los hombres: su amor egoísta, su amor embustero, un amor que sólo anhela la confusión de los cuerpos para el esclarecimiento de los propios fantasmas. A ella sólo le consolaba cuantificar el número de orgasmos, y esforzarse por esbozar sus más logradas interpretaciones.

Decidí que, para los 35, ya tendría tres hijos y el cuarto estaría en camino. Sin embargo, a mis 37, aparte de con un gato, sólo cuento con una agenda telefónica rebosante de números totalmente inservibles y apenas tres cumpleaños anotados en la memoria.

Basta con que me quieran, piensa. Basta con que se quieran un poquito menos y reserven un poco más de amor para mí. No mucho, lo justo para tener con qué arroparme los hombros en las noches frescas de verano. No mucho, lo justo para colorear de efervescencia, levemente, las mejillas. Apenas un poco de amor, suficiente para que mis yemas yermas encuentren sentido a las aristas de unas caderas que se despiertan cada día más frías.

Una lluvia muy fina, una lluvia que parece pedir perdón por las molestias, le da las buenas tardes. Valeria saca la puntita de la lengua para probar la acidez del mundo. Después la saca entera.

Camina por entre calles conocidas hasta llegar a otras desconocidas, y entonces su ánimo parece no hacer pie. La lluvia arrecia. Los tacones la guían hasta un pequeño café regentado por un filibustero de la peor calaña.

Si sólo pudiera conseguir fuego…

Una mano se acerca telepáticamente. Surge la llama, pequeñita. La mano es peluda sin pasar a la categoría animal, analiza. Descubre que una barba puede ser lustrosa al observarla de cerca. Le entran ganas de tirar suavemente de ella, de comprobar si es de verdad ese adorable y desordenado cúmulo de vellos. El humo intruso en los ojos la sienta de culo en el inhóspito taburete giratorio de la realidad.

–Soy un gran admirador suyo –dice la voz que resuena bajo la barba–. Me llamo Tomás.

Tomás tiende su mano derecha y Valeria se la estrecha, catalogándolo, más por instinto que por empirismo, como un hombre de verdad. El maquillaje oculta el rubor. Bendito seas, Max Factor, una y mil veces. De pronto se da cuenta de que no ha respondido nada. De pronto se da cuenta de que no sabe cuál es la respuesta apropiada en una situación que, sin ser nueva, se le atasca.

–Tal vez le parezca un atrevimiento por mi parte, señorita, pero… –duda. Desciende al estrato de lo humano. Valeria asciende.

–Se lo agradezco mucho. De verdad –dice, efusiva; y no miente en absoluto. Además, le ha llamado señorita (¡!).

Tomás se revuelve en la banqueta, un poco agitado. Parece debatirse con las palabras.

–¡Pero es cierto! Yo… No sé. Siento que tiene usted una sensibilidad especial –murmura. Y, aunque su voz es trémula, sus ojos traslucen honestidad–. Jamás había sentido tal conexión con una persona que estuviera subida a un escenario.

Apura su vaso de un trago brusco y busca su chaqueta con premura. No sabía que iba a soltar aquello hasta que lo hubo hecho. Intuye haber dicho algo inapropiado, pero es sólo que jamás se ha desnudado de aquel modo frente a una mujer. Por su parte, Valeria intuye que si esas manos grandes, esa voz ajada y esa pulcra barba salen por la puerta del café, ella sólo podrá reencontrarse con ellos en el mundo inaprehensible de los recuerdos. Comprende, en dos microsegundos de superlucidez, que esas manos, esa voz y esa barba adquirirán muy pronto tintes deslavados de irrealidad. Y conocer a Tomás es lo más real, lo único real, que le ha pasado en mucho tiempo.

 

 

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