Chinches en el Espejo

marzo 26, 2009

La familia de acogida

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 4:35 pm

Era la primera vez que iba a una familia de acogida. Debía de ser algo muy bueno, porque todas las demás niñas me tenían mucha envidia. Aunque me parece que ellas tampoco entendían muy bien qué era realmente una familia de acogida. Irme del centro significaba también empezar en un nuevo colegio, y tal perspectiva me asustaba bastante. Aquel lugar de paredes pintadas de alegres colores era el único hogar que había conocido, y los monitores Marina, Ekaitz, Aintzane, y las niñas con las que compartía tanto sueños como pesadillas, mi única familia.

Cuando vi la casa me gustó, porque tenía jardín; confiaba en que me dejasen jugar en él, porque siempre me daba mucha rabia que la hierba de los parques no se pudiera pisar. A mis siete años, me parecía imposible que aquellas alfombras mulliditas y fragantes pudieran estar hechas sólo para ser miradas. Mi nueva familia me esperaba en lo alto de la escalinata de entrada, y cuando salimos del coche la bajaron para recibirnos. Supongo que estaban nerviosos, pero yo es que iba con la cabeza gacha. De pequeña era bastante tímida, yo. Recuerdo que mi padre de acogida me pinchó con la barba al besarme con efusividad, y que mi madre de acogida olía muy fuerte a colonia. Yo apretaba muy fuerte la mano de Aintzane, y la abracé aún más fuerte cuando se despidió de mí. Yo no entendía que pudiera llorar y sonreírme a la vez. Todo era muy extraño.

Mis padres de acogida explicaron que Imanol no había querido salir a recibirnos, que estaba insoportable, en una edad muy mala. Cuando lo conocí me lo quedé mirando muy fijamente: era pelirrojo, y hasta entonces yo no había visto un pelo tal más que en las películas. A mí él me pareció enorme y lo catalogué en el mismo saco que “los mayores”. En realidad, no era más que un adolescente.

Para hacerme más confortable la primera noche con ellos, los del centro les habían informado de cuál era mi comida favorita: ¡cenamos lentejas! Imanol no dejó de rezongar y de marear las legumbres, y al final mi madre de acogida le dejó que se levantara de la mesa. “Con tal de que no moleste”, recuerdo que dijo, así como al aire. Yo, de los nervios, no había conseguido probar bocado durante todo el día, así que devoré el plato que me pusieron delante como si estuviera famélica. Después de cenar, mi madre de acogida me ayudó a lavarme los dientes y a ponerme el pijama, y me arropó un poco torpemente (supongo que mi hermano de acogida hacía años que no se dejaba). Mi padre de acogida nos observaba desde la puerta, y abrazó a mi madre de acogida al salir. La habitación estaba hábilmente decorada en amarillo, mi color favorito de aquella temporada.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que la puerta se abrió con mucho sigilo e Imanol se deslizó dentro. Yo no conseguía dormirme; estaba muy quietita, como con miedo de moverme, mirando al techo que relumbraba por culpa de unas pegatinas fosforescentes. Nunca antes había dormido sola. La oscuridad no me asustaba; simplemente, echaba mucho en falta la compañía de las respiraciones de las otras niñas. Cuando escuché el tenue ruido de la puerta se me puso tenso todo el cuerpo. Me quedé aterrorizada, y se me vinieron a la cabeza todas aquellas historias de miedo que les gustaba contar a las más mayores: me acordé del coco, del hombre del saco, del espíritu de Verónica, la hija del diablo, de los protagonistas de mis propias pesadillas… Todos los monstruos y seres maléficos posibles se me dibujaron ante los ojos en un instante. De repente, sentí retirarse las sábanas y traté de protegerme instintivamente con las manos.

–Soy yo, tu nuevo hermano, no tengas miedo –dijo una voz susurrante, muy cerca de mí oído.

Yo no contesté nada. Pero sí que tenía miedo.

Una mano calentorra palpó la mía y se deslizó brazo arriba. Sentí una respiración en la mejilla que antecedió a un beso húmedo.

–Dame tú uno –me dijo Imanol.

Aunque no quería, pensé que debía. En las películas los hermanos siempre se querían mucho entre ellos, así que aquello debía de ser lo normal. Yo también iba a tener que aprender a quererle a él.

Lo hice.

–Otro –exigió él.

Y cuando fui a darle otro beso en la mejilla, Imanol me aprisionó los labios con los suyos, al tiempo que su mano descendía por mi raso pecho inmóvil hasta llegar a rozarme la vulva con los dedos. De un salto se colocó encima de mí y, sin previo aviso, encendió la luz.

Me explicó lo que yo intuía: que la relación entre un hermano y una hermana era una cosa muy bonita, que él se alegraba mucho de que yo hubiera ido a vivir con ellos porque así ya nunca más se sentiría solo, que él me quería ya mucho y que esperaba que yo a él también. Me miraba muy fijamente desde ahí arriba y me tapaba la boca con una mano enorme, de modo que yo sólo podía asentir con la cabeza. Me contó que era algo bueno que los hermanos tuvieran secretos entre ellos, que hicieran cosas de hermanos que sólo ellos podían saber, porque ser hermanos era algo muy, muy especial, como pronto iba a descubrir. Me dijo que él me ayudaría siempre que yo lo necesitase, que me ayudaría con los deberes cuando empezara al colegio y que, a cambio, yo, como nueva hermana suya que era, le haría otros favores. El de aquella noche –que se repetiría a lo largo de muchas otras– era muy sencillo.

–Tú sólo abre la boca y haz lo que yo te diga, “potxola” –dijo mientras se bajaba un poco el pantalón del pijama.

Después de dos meses, Marina vino y me sacó de aquella casa con jardín. Yo había dejado de comer; no había lentejas ni médicos que valieran. Lo intentaba, puedo jurar que lo intentaba, lo mismo que intentaba complacer a mi hermano de acogida cada noche, porque tenía que aprender a quererle mucho, mucho, como se quieren dos hermanos, y aquél era el camino. Sólo era capaz de comer un poco en el comedor del colegio; allí era como que se me aflojaba un poco el nudo que franqueaba la boca del estómago. Yo notaba que mis padres de acogida estaban desesperados, pero nada de lo que ellos hacían, ninguna de las sorpresas que me preparaban lograba sacarme un atisbo de sonrisa.

Las lágrimas que derramé cuando Marina vino a recogerme eran de culpabilidad. También un poco de alivio, por no tener, esta vez tampoco, que dar un beso en la mejilla a mi hermano de acogida en lo alto de la escalinata. Las lágrimas de mis padres de acogida eran de derrota.

 

marzo 25, 2009

Coágulos

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 11:08 pm

Las lánguidas llamas de las velas volvían borroso el mundo que se quería ocultar tras ellas. El humo espesaba el aire de aquella trágica ausencia, y las paredes sin ventanas se cernían, terriblemente opresivas, sobre sus hombros estrechos. Se oyó un suspiro líquido. Pegajoso.

Medio barrio estaba reunido en torno a la familia al completo: acechaba por allí doña Clara, la madre de la mejor amiga de su prima Andrea; Paco, el ferretero, amigo de su tío de toda la vida, zumbaba de grupo en grupo chupando las escasas energías de los presentes; la señora Adela, vecina del primero derecha, trataba de mantenerse en pie apoyada tercamente en su bastón y flanqueada por sus dos hijos como dos torres. Elia miró en derredor. A pesar de vivir cerca unos de otros, hacía siglos que no estaban todos juntos, tíos, primos y los sobrinos más mayores. Desde la comunión de Cecilia. Y allí estaban todos, en quejumbrosa piña.

Para ella todo aquello no eran más que monsergas, ganas de revolcarse en el dolor y de meter el dedito en llagas ajenas para aliviar el escozor de las propias. Una tela de cretona negra que caía pesadamente marcaba la separación entre los dos espacios. A él tampoco le habría gustado todo aquello. Claro que ahora ya no importaba. En aquel momento poca cosa importaba. Sólo compungirse públicamente, a coro con el pesar colectivo. Pero, para ella, aquél no era el ambiente propicio para dolerse. El murmullo de las conversaciones, que trataban en vano de ser discretas, la irritaba profundamente; el runrún de las tenues vocecillas, tan familiares, se le clavaba en la herida por la que se desangraba la tristeza y la taponaba, impidiendo que fuera, poco a poco, coagulando limpiamente. Se le crispaban los dedos con los súbitos y desconsiderados estallidos de risa. La tertulia y el café, en la cafetería.

En un ángulo de la estancia su madre presidía un pequeño círculo de mujeres, amparada a la derecha por el brazo solícito de una de sus tías. A Elia no le llegaban más que frases sueltas de lo que hablaban. Pobre. Un gran señor. Se hacía querer. Tenéis que ser fuertes ahora. Pobre Elia. Realmente afectada. Pobre. Pobre parecía ser la palabra favorita. Elia desvió la vista, con rencor.

Para cuando su madre buscó sus ojos, ya no los encontró. Se le aflojó la mirada y le empezaron a brillar un poco las pestañas. Parpadeó. Vio como Elia se dejaba caer con aire cansado en uno de aquellos sillones demasiado mullidos. Parecía no encontrar postura y se levantó enseguida. Salió con paso rápido. Seguramente iría a fumar. Se desprendió suavemente de aquel brazo y, apartando la pesada cortina, se encaró por primera vez con el féretro abierto de su marido.

Él nunca dormía así. Él nunca dormía boca arriba. Nunca le dejaba yo, porque roncaba. Si se ponía así le daba un toquecito en el hombro y que se girase. Así nunca dormía él. Y le costó reconocer a Andrés, a su Andrés, en aquella figura pálida, en aquella figura reposada tan distinta del comunista acérrimo que siempre estaba alerta, que siempre estaba al pie del cañón, ingobernable en todos los aspectos de su vida. Era como si un impostor se hubiera deslizado dentro de aquella caja de madera y se fingiera muerto con una leve sonrisa beatífica que no conseguía engañar ni a las luces del techo. Sintió una imperiosa necesidad de que Andrés, su Andrés, el de verdad, volviera; y que, aunque fuera, tosiera un poco, para hacer estallar aquel limbo de irrealidad. Avanzó y acercó el rostro al rostro del muerto, buscando, hurgando con los ojos entre aquellos rasgos momificados, cubiertos por una película de palidez que parecía ser la causa de todo. Hasta las cejas estaban diferentes. Se las habían depilado y recortado. Ya no le sobraba ningún pelito que ella pudiera atacar en vano entre carcajadas, pinzas en ristre. También el vello de la nariz había sido retocado.

Por fin descubrió en las comisuras de los labios, con alivio, las arrugas finas que tantas veces había besado. Y las besó de nuevo. Varias veces, muy rápido. Y, en vez de calmarse, el frío de lo irremediable vino a aterirle, sin disimulos, con la certeza que el barullo de la sala había vuelto opaca: que el Andrés que había conocido a los 13 años en la escuela y con el que se había casado a los 22 no estaba en cualquier remota localidad española por trabajo, como tantas otras veces. La certeza de que su Andrés estaba muerto.

La aparición de su hija la sobresaltó y se limpió instintivamente las lágrimas, como cogida en falta. Elia se colocó a su lado a una cierta distancia. Estaba muy seria. Muy blanca. Muy tiesa. Le molestó que su madre estuviera allí; cuando no la vio en la sala se imaginó que habría salido al servicio, o a llamar por teléfono. Era el primer momento en que se encontraban solas aquel día. En realidad, era la primera vez que estaban a solas desde hacía mucho tiempo.

Catalina no tenía ni idea, pero una tarde de otoño de hacía cuatro años su hija la había visto en íntima conversación con un hombre desconocido. Elia había entrado al café porque necesitaba imperiosamente ir al baño. Nunca había estado allí –era un local nuevo– y tuvo que dar un rodeo hasta encontrar los servicios. Fue entonces cuando los vio. No quiso acercarse; más aún, evitó que ellos la vieran a ella. Cuando salió sus amigas la reprendieron por haberles hecho esperar.

Elia ignoraba que aquel hombre era un muy buen amigo de la infancia de su padre que recientemente había vuelto al pueblo; su madre y él planeaban darle una sorpresa y que Nacho (que así se llamaba) apareciese en la fiesta que habían organizado para el inminente cuarenta cumpleaños de Andrés. Ocurrió que, desgraciadamente, el amigo murió de un derrame pocos días antes, y las festivas conspiraciones nunca pudieron ser puestas en práctica, y ni siquiera llegaron a ser confesadas. Catalina achacó el súbito distanciamiento de Elia a la típica rebeldía adolescente. Nunca consiguió explicarse, sin embargo, el estrechamiento que apreció en las relaciones padre-hija. Y ahora que la joven tenía diecinueve años, la excusa de las hormonas estaba dejando de resultar satisfactoria.

–No parece él –dijo de pronto Elia con voz inexpresiva.

–No parece él –repitió su madre.

Hubo unos minutos de silencio en que ambas miraban el cuerpo que reposaba delante de sí. Cuando Catalina espió a su hija por el rabillo del ojo vio que estaba llorando. Conmovida, le pasó un brazo por los hombros. Elia la abrazó, apoyando la cabeza en su pecho, encogida porque era casi más alta que ella. Temblaba al calor de su madre.

–¿Cómo pudiste? ¿Cómo lo hiciste para vivir sin el abuelo? Yo no puedo, no voy a poder vivir sin papá…

Los sollozos entrecortados volvieron a enternecer los ojos de la madre. Sentía a Elia tan cerca como cuando aplicaba “mercromina” en las magulladas rodillas de la niñita rubia que quería desgastarle el apelativo con su agudísima voz. Más cerca aún. También ella tuvo que forzar la voz.

–Sí podrás, cariño, claro que podrás…

–No… No, no… ¡Le odio! ¿Por qué tuvo que rendirse? ¿Por qué no luchó? No le importó una mierda dejarnos solas…

–No seas injusta, Elia, sabes que eso no es verdad. ¡Claro que le dolía dejarnos! Claro que sí. No seas injusta. Pero él sabía que somos fuertes, que lo superaríamos. Que lo superarás.

–No me quedan ya fuerzas…

–Las encontrarás, cariño, las encontrarás porque es lo que él querría que hicieras. Que lucharas. Porque tú eres una luchadora, como él. ¡Claro que es difícil! ¡Claro que duele! Más que nada. Es un dolor más hondo que el que nunca hayas conocido, el más profundo de los que vayas a conocer. Ahora te parece que se te va a romper el pecho, ¿verdad que sí? Esconderás todas las fotografías suyas que tenemos en casa, y hasta me pedirás que queme su ropa. Querrás hacer como si nunca hubiera existido para que el dolor no te golpee a cada momento como un mazo de hierro. Y así pasará mucho tiempo, mucho, mientras intentas ingeniártelas para seguir adelante con tu vida de siempre, que ya nunca va a ser como siempre. Pero llegará un día, tal vez incluso antes de lo que ahora lo crees posible, en que te alegrarás de no haberte desecho ni de sus fotos ni de su ropa. Y sacarás su jersey favorito, ese gris que le hizo la abuela, que está ya tan viejo, y te lo pondrás con mucho cuidado, como si fuera de papel cebolla. Y se te humedecerán los puños con las lágrimas, pero sonreirás cuando mires esas fotos que, sin saberlo, has descubierto que ya estás lista para desempolvar. Y verás que a partir de ese momento los recuerdos dolerán un poco menos.

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