Chinches en el Espejo

marzo 25, 2009

Coágulos

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 11:08 pm

Las lánguidas llamas de las velas volvían borroso el mundo que se quería ocultar tras ellas. El humo espesaba el aire de aquella trágica ausencia, y las paredes sin ventanas se cernían, terriblemente opresivas, sobre sus hombros estrechos. Se oyó un suspiro líquido. Pegajoso.

Medio barrio estaba reunido en torno a la familia al completo: acechaba por allí doña Clara, la madre de la mejor amiga de su prima Andrea; Paco, el ferretero, amigo de su tío de toda la vida, zumbaba de grupo en grupo chupando las escasas energías de los presentes; la señora Adela, vecina del primero derecha, trataba de mantenerse en pie apoyada tercamente en su bastón y flanqueada por sus dos hijos como dos torres. Elia miró en derredor. A pesar de vivir cerca unos de otros, hacía siglos que no estaban todos juntos, tíos, primos y los sobrinos más mayores. Desde la comunión de Cecilia. Y allí estaban todos, en quejumbrosa piña.

Para ella todo aquello no eran más que monsergas, ganas de revolcarse en el dolor y de meter el dedito en llagas ajenas para aliviar el escozor de las propias. Una tela de cretona negra que caía pesadamente marcaba la separación entre los dos espacios. A él tampoco le habría gustado todo aquello. Claro que ahora ya no importaba. En aquel momento poca cosa importaba. Sólo compungirse públicamente, a coro con el pesar colectivo. Pero, para ella, aquél no era el ambiente propicio para dolerse. El murmullo de las conversaciones, que trataban en vano de ser discretas, la irritaba profundamente; el runrún de las tenues vocecillas, tan familiares, se le clavaba en la herida por la que se desangraba la tristeza y la taponaba, impidiendo que fuera, poco a poco, coagulando limpiamente. Se le crispaban los dedos con los súbitos y desconsiderados estallidos de risa. La tertulia y el café, en la cafetería.

En un ángulo de la estancia su madre presidía un pequeño círculo de mujeres, amparada a la derecha por el brazo solícito de una de sus tías. A Elia no le llegaban más que frases sueltas de lo que hablaban. Pobre. Un gran señor. Se hacía querer. Tenéis que ser fuertes ahora. Pobre Elia. Realmente afectada. Pobre. Pobre parecía ser la palabra favorita. Elia desvió la vista, con rencor.

Para cuando su madre buscó sus ojos, ya no los encontró. Se le aflojó la mirada y le empezaron a brillar un poco las pestañas. Parpadeó. Vio como Elia se dejaba caer con aire cansado en uno de aquellos sillones demasiado mullidos. Parecía no encontrar postura y se levantó enseguida. Salió con paso rápido. Seguramente iría a fumar. Se desprendió suavemente de aquel brazo y, apartando la pesada cortina, se encaró por primera vez con el féretro abierto de su marido.

Él nunca dormía así. Él nunca dormía boca arriba. Nunca le dejaba yo, porque roncaba. Si se ponía así le daba un toquecito en el hombro y que se girase. Así nunca dormía él. Y le costó reconocer a Andrés, a su Andrés, en aquella figura pálida, en aquella figura reposada tan distinta del comunista acérrimo que siempre estaba alerta, que siempre estaba al pie del cañón, ingobernable en todos los aspectos de su vida. Era como si un impostor se hubiera deslizado dentro de aquella caja de madera y se fingiera muerto con una leve sonrisa beatífica que no conseguía engañar ni a las luces del techo. Sintió una imperiosa necesidad de que Andrés, su Andrés, el de verdad, volviera; y que, aunque fuera, tosiera un poco, para hacer estallar aquel limbo de irrealidad. Avanzó y acercó el rostro al rostro del muerto, buscando, hurgando con los ojos entre aquellos rasgos momificados, cubiertos por una película de palidez que parecía ser la causa de todo. Hasta las cejas estaban diferentes. Se las habían depilado y recortado. Ya no le sobraba ningún pelito que ella pudiera atacar en vano entre carcajadas, pinzas en ristre. También el vello de la nariz había sido retocado.

Por fin descubrió en las comisuras de los labios, con alivio, las arrugas finas que tantas veces había besado. Y las besó de nuevo. Varias veces, muy rápido. Y, en vez de calmarse, el frío de lo irremediable vino a aterirle, sin disimulos, con la certeza que el barullo de la sala había vuelto opaca: que el Andrés que había conocido a los 13 años en la escuela y con el que se había casado a los 22 no estaba en cualquier remota localidad española por trabajo, como tantas otras veces. La certeza de que su Andrés estaba muerto.

La aparición de su hija la sobresaltó y se limpió instintivamente las lágrimas, como cogida en falta. Elia se colocó a su lado a una cierta distancia. Estaba muy seria. Muy blanca. Muy tiesa. Le molestó que su madre estuviera allí; cuando no la vio en la sala se imaginó que habría salido al servicio, o a llamar por teléfono. Era el primer momento en que se encontraban solas aquel día. En realidad, era la primera vez que estaban a solas desde hacía mucho tiempo.

Catalina no tenía ni idea, pero una tarde de otoño de hacía cuatro años su hija la había visto en íntima conversación con un hombre desconocido. Elia había entrado al café porque necesitaba imperiosamente ir al baño. Nunca había estado allí –era un local nuevo– y tuvo que dar un rodeo hasta encontrar los servicios. Fue entonces cuando los vio. No quiso acercarse; más aún, evitó que ellos la vieran a ella. Cuando salió sus amigas la reprendieron por haberles hecho esperar.

Elia ignoraba que aquel hombre era un muy buen amigo de la infancia de su padre que recientemente había vuelto al pueblo; su madre y él planeaban darle una sorpresa y que Nacho (que así se llamaba) apareciese en la fiesta que habían organizado para el inminente cuarenta cumpleaños de Andrés. Ocurrió que, desgraciadamente, el amigo murió de un derrame pocos días antes, y las festivas conspiraciones nunca pudieron ser puestas en práctica, y ni siquiera llegaron a ser confesadas. Catalina achacó el súbito distanciamiento de Elia a la típica rebeldía adolescente. Nunca consiguió explicarse, sin embargo, el estrechamiento que apreció en las relaciones padre-hija. Y ahora que la joven tenía diecinueve años, la excusa de las hormonas estaba dejando de resultar satisfactoria.

–No parece él –dijo de pronto Elia con voz inexpresiva.

–No parece él –repitió su madre.

Hubo unos minutos de silencio en que ambas miraban el cuerpo que reposaba delante de sí. Cuando Catalina espió a su hija por el rabillo del ojo vio que estaba llorando. Conmovida, le pasó un brazo por los hombros. Elia la abrazó, apoyando la cabeza en su pecho, encogida porque era casi más alta que ella. Temblaba al calor de su madre.

–¿Cómo pudiste? ¿Cómo lo hiciste para vivir sin el abuelo? Yo no puedo, no voy a poder vivir sin papá…

Los sollozos entrecortados volvieron a enternecer los ojos de la madre. Sentía a Elia tan cerca como cuando aplicaba “mercromina” en las magulladas rodillas de la niñita rubia que quería desgastarle el apelativo con su agudísima voz. Más cerca aún. También ella tuvo que forzar la voz.

–Sí podrás, cariño, claro que podrás…

–No… No, no… ¡Le odio! ¿Por qué tuvo que rendirse? ¿Por qué no luchó? No le importó una mierda dejarnos solas…

–No seas injusta, Elia, sabes que eso no es verdad. ¡Claro que le dolía dejarnos! Claro que sí. No seas injusta. Pero él sabía que somos fuertes, que lo superaríamos. Que lo superarás.

–No me quedan ya fuerzas…

–Las encontrarás, cariño, las encontrarás porque es lo que él querría que hicieras. Que lucharas. Porque tú eres una luchadora, como él. ¡Claro que es difícil! ¡Claro que duele! Más que nada. Es un dolor más hondo que el que nunca hayas conocido, el más profundo de los que vayas a conocer. Ahora te parece que se te va a romper el pecho, ¿verdad que sí? Esconderás todas las fotografías suyas que tenemos en casa, y hasta me pedirás que queme su ropa. Querrás hacer como si nunca hubiera existido para que el dolor no te golpee a cada momento como un mazo de hierro. Y así pasará mucho tiempo, mucho, mientras intentas ingeniártelas para seguir adelante con tu vida de siempre, que ya nunca va a ser como siempre. Pero llegará un día, tal vez incluso antes de lo que ahora lo crees posible, en que te alegrarás de no haberte desecho ni de sus fotos ni de su ropa. Y sacarás su jersey favorito, ese gris que le hizo la abuela, que está ya tan viejo, y te lo pondrás con mucho cuidado, como si fuera de papel cebolla. Y se te humedecerán los puños con las lágrimas, pero sonreirás cuando mires esas fotos que, sin saberlo, has descubierto que ya estás lista para desempolvar. Y verás que a partir de ese momento los recuerdos dolerán un poco menos.

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2 comentarios »

  1. paula, que sepas que es una muy mala costumbre ésta de atizarnos textos así a quemarropa y sin avisar. podías poner algo como: cuidado, las autoridades literarias advierten de que este texto contiene emociones y no es cursi ni falso ni afectado, así que es muy probable que afecte gravemente a su estado anímico. (no tiene nada que ver, más que el tema, pero conoces el texto de cortázar sobre los velatorios? buenísimo!)

    Comentario por jaime — marzo 26, 2009 @ 12:10 pm | Responder

  2. Jaime, me suena que leí ese texto en un tiempo muy lejano, pero con mi memoria de pez todo puede ser que, simplemente, me hayan hablado bien de él más veces. Prometo hacerlo.

    Por otro lado, me alegro de ser capaz de alterar tu estado anímico de vez en cuando :). Muchas gracias por tu comentario.

    Comentario por chinchesenelespejo — marzo 26, 2009 @ 2:21 pm | Responder


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