Chinches en el Espejo

marzo 26, 2009

La familia de acogida

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 4:35 pm

Era la primera vez que iba a una familia de acogida. Debía de ser algo muy bueno, porque todas las demás niñas me tenían mucha envidia. Aunque me parece que ellas tampoco entendían muy bien qué era realmente una familia de acogida. Irme del centro significaba también empezar en un nuevo colegio, y tal perspectiva me asustaba bastante. Aquel lugar de paredes pintadas de alegres colores era el único hogar que había conocido, y los monitores Marina, Ekaitz, Aintzane, y las niñas con las que compartía tanto sueños como pesadillas, mi única familia.

Cuando vi la casa me gustó, porque tenía jardín; confiaba en que me dejasen jugar en él, porque siempre me daba mucha rabia que la hierba de los parques no se pudiera pisar. A mis siete años, me parecía imposible que aquellas alfombras mulliditas y fragantes pudieran estar hechas sólo para ser miradas. Mi nueva familia me esperaba en lo alto de la escalinata de entrada, y cuando salimos del coche la bajaron para recibirnos. Supongo que estaban nerviosos, pero yo es que iba con la cabeza gacha. De pequeña era bastante tímida, yo. Recuerdo que mi padre de acogida me pinchó con la barba al besarme con efusividad, y que mi madre de acogida olía muy fuerte a colonia. Yo apretaba muy fuerte la mano de Aintzane, y la abracé aún más fuerte cuando se despidió de mí. Yo no entendía que pudiera llorar y sonreírme a la vez. Todo era muy extraño.

Mis padres de acogida explicaron que Imanol no había querido salir a recibirnos, que estaba insoportable, en una edad muy mala. Cuando lo conocí me lo quedé mirando muy fijamente: era pelirrojo, y hasta entonces yo no había visto un pelo tal más que en las películas. A mí él me pareció enorme y lo catalogué en el mismo saco que “los mayores”. En realidad, no era más que un adolescente.

Para hacerme más confortable la primera noche con ellos, los del centro les habían informado de cuál era mi comida favorita: ¡cenamos lentejas! Imanol no dejó de rezongar y de marear las legumbres, y al final mi madre de acogida le dejó que se levantara de la mesa. “Con tal de que no moleste”, recuerdo que dijo, así como al aire. Yo, de los nervios, no había conseguido probar bocado durante todo el día, así que devoré el plato que me pusieron delante como si estuviera famélica. Después de cenar, mi madre de acogida me ayudó a lavarme los dientes y a ponerme el pijama, y me arropó un poco torpemente (supongo que mi hermano de acogida hacía años que no se dejaba). Mi padre de acogida nos observaba desde la puerta, y abrazó a mi madre de acogida al salir. La habitación estaba hábilmente decorada en amarillo, mi color favorito de aquella temporada.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que la puerta se abrió con mucho sigilo e Imanol se deslizó dentro. Yo no conseguía dormirme; estaba muy quietita, como con miedo de moverme, mirando al techo que relumbraba por culpa de unas pegatinas fosforescentes. Nunca antes había dormido sola. La oscuridad no me asustaba; simplemente, echaba mucho en falta la compañía de las respiraciones de las otras niñas. Cuando escuché el tenue ruido de la puerta se me puso tenso todo el cuerpo. Me quedé aterrorizada, y se me vinieron a la cabeza todas aquellas historias de miedo que les gustaba contar a las más mayores: me acordé del coco, del hombre del saco, del espíritu de Verónica, la hija del diablo, de los protagonistas de mis propias pesadillas… Todos los monstruos y seres maléficos posibles se me dibujaron ante los ojos en un instante. De repente, sentí retirarse las sábanas y traté de protegerme instintivamente con las manos.

–Soy yo, tu nuevo hermano, no tengas miedo –dijo una voz susurrante, muy cerca de mí oído.

Yo no contesté nada. Pero sí que tenía miedo.

Una mano calentorra palpó la mía y se deslizó brazo arriba. Sentí una respiración en la mejilla que antecedió a un beso húmedo.

–Dame tú uno –me dijo Imanol.

Aunque no quería, pensé que debía. En las películas los hermanos siempre se querían mucho entre ellos, así que aquello debía de ser lo normal. Yo también iba a tener que aprender a quererle a él.

Lo hice.

–Otro –exigió él.

Y cuando fui a darle otro beso en la mejilla, Imanol me aprisionó los labios con los suyos, al tiempo que su mano descendía por mi raso pecho inmóvil hasta llegar a rozarme la vulva con los dedos. De un salto se colocó encima de mí y, sin previo aviso, encendió la luz.

Me explicó lo que yo intuía: que la relación entre un hermano y una hermana era una cosa muy bonita, que él se alegraba mucho de que yo hubiera ido a vivir con ellos porque así ya nunca más se sentiría solo, que él me quería ya mucho y que esperaba que yo a él también. Me miraba muy fijamente desde ahí arriba y me tapaba la boca con una mano enorme, de modo que yo sólo podía asentir con la cabeza. Me contó que era algo bueno que los hermanos tuvieran secretos entre ellos, que hicieran cosas de hermanos que sólo ellos podían saber, porque ser hermanos era algo muy, muy especial, como pronto iba a descubrir. Me dijo que él me ayudaría siempre que yo lo necesitase, que me ayudaría con los deberes cuando empezara al colegio y que, a cambio, yo, como nueva hermana suya que era, le haría otros favores. El de aquella noche –que se repetiría a lo largo de muchas otras– era muy sencillo.

–Tú sólo abre la boca y haz lo que yo te diga, “potxola” –dijo mientras se bajaba un poco el pantalón del pijama.

Después de dos meses, Marina vino y me sacó de aquella casa con jardín. Yo había dejado de comer; no había lentejas ni médicos que valieran. Lo intentaba, puedo jurar que lo intentaba, lo mismo que intentaba complacer a mi hermano de acogida cada noche, porque tenía que aprender a quererle mucho, mucho, como se quieren dos hermanos, y aquél era el camino. Sólo era capaz de comer un poco en el comedor del colegio; allí era como que se me aflojaba un poco el nudo que franqueaba la boca del estómago. Yo notaba que mis padres de acogida estaban desesperados, pero nada de lo que ellos hacían, ninguna de las sorpresas que me preparaban lograba sacarme un atisbo de sonrisa.

Las lágrimas que derramé cuando Marina vino a recogerme eran de culpabilidad. También un poco de alivio, por no tener, esta vez tampoco, que dar un beso en la mejilla a mi hermano de acogida en lo alto de la escalinata. Las lágrimas de mis padres de acogida eran de derrota.

 

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marzo 25, 2009

Coágulos

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 11:08 pm

Las lánguidas llamas de las velas volvían borroso el mundo que se quería ocultar tras ellas. El humo espesaba el aire de aquella trágica ausencia, y las paredes sin ventanas se cernían, terriblemente opresivas, sobre sus hombros estrechos. Se oyó un suspiro líquido. Pegajoso.

Medio barrio estaba reunido en torno a la familia al completo: acechaba por allí doña Clara, la madre de la mejor amiga de su prima Andrea; Paco, el ferretero, amigo de su tío de toda la vida, zumbaba de grupo en grupo chupando las escasas energías de los presentes; la señora Adela, vecina del primero derecha, trataba de mantenerse en pie apoyada tercamente en su bastón y flanqueada por sus dos hijos como dos torres. Elia miró en derredor. A pesar de vivir cerca unos de otros, hacía siglos que no estaban todos juntos, tíos, primos y los sobrinos más mayores. Desde la comunión de Cecilia. Y allí estaban todos, en quejumbrosa piña.

Para ella todo aquello no eran más que monsergas, ganas de revolcarse en el dolor y de meter el dedito en llagas ajenas para aliviar el escozor de las propias. Una tela de cretona negra que caía pesadamente marcaba la separación entre los dos espacios. A él tampoco le habría gustado todo aquello. Claro que ahora ya no importaba. En aquel momento poca cosa importaba. Sólo compungirse públicamente, a coro con el pesar colectivo. Pero, para ella, aquél no era el ambiente propicio para dolerse. El murmullo de las conversaciones, que trataban en vano de ser discretas, la irritaba profundamente; el runrún de las tenues vocecillas, tan familiares, se le clavaba en la herida por la que se desangraba la tristeza y la taponaba, impidiendo que fuera, poco a poco, coagulando limpiamente. Se le crispaban los dedos con los súbitos y desconsiderados estallidos de risa. La tertulia y el café, en la cafetería.

En un ángulo de la estancia su madre presidía un pequeño círculo de mujeres, amparada a la derecha por el brazo solícito de una de sus tías. A Elia no le llegaban más que frases sueltas de lo que hablaban. Pobre. Un gran señor. Se hacía querer. Tenéis que ser fuertes ahora. Pobre Elia. Realmente afectada. Pobre. Pobre parecía ser la palabra favorita. Elia desvió la vista, con rencor.

Para cuando su madre buscó sus ojos, ya no los encontró. Se le aflojó la mirada y le empezaron a brillar un poco las pestañas. Parpadeó. Vio como Elia se dejaba caer con aire cansado en uno de aquellos sillones demasiado mullidos. Parecía no encontrar postura y se levantó enseguida. Salió con paso rápido. Seguramente iría a fumar. Se desprendió suavemente de aquel brazo y, apartando la pesada cortina, se encaró por primera vez con el féretro abierto de su marido.

Él nunca dormía así. Él nunca dormía boca arriba. Nunca le dejaba yo, porque roncaba. Si se ponía así le daba un toquecito en el hombro y que se girase. Así nunca dormía él. Y le costó reconocer a Andrés, a su Andrés, en aquella figura pálida, en aquella figura reposada tan distinta del comunista acérrimo que siempre estaba alerta, que siempre estaba al pie del cañón, ingobernable en todos los aspectos de su vida. Era como si un impostor se hubiera deslizado dentro de aquella caja de madera y se fingiera muerto con una leve sonrisa beatífica que no conseguía engañar ni a las luces del techo. Sintió una imperiosa necesidad de que Andrés, su Andrés, el de verdad, volviera; y que, aunque fuera, tosiera un poco, para hacer estallar aquel limbo de irrealidad. Avanzó y acercó el rostro al rostro del muerto, buscando, hurgando con los ojos entre aquellos rasgos momificados, cubiertos por una película de palidez que parecía ser la causa de todo. Hasta las cejas estaban diferentes. Se las habían depilado y recortado. Ya no le sobraba ningún pelito que ella pudiera atacar en vano entre carcajadas, pinzas en ristre. También el vello de la nariz había sido retocado.

Por fin descubrió en las comisuras de los labios, con alivio, las arrugas finas que tantas veces había besado. Y las besó de nuevo. Varias veces, muy rápido. Y, en vez de calmarse, el frío de lo irremediable vino a aterirle, sin disimulos, con la certeza que el barullo de la sala había vuelto opaca: que el Andrés que había conocido a los 13 años en la escuela y con el que se había casado a los 22 no estaba en cualquier remota localidad española por trabajo, como tantas otras veces. La certeza de que su Andrés estaba muerto.

La aparición de su hija la sobresaltó y se limpió instintivamente las lágrimas, como cogida en falta. Elia se colocó a su lado a una cierta distancia. Estaba muy seria. Muy blanca. Muy tiesa. Le molestó que su madre estuviera allí; cuando no la vio en la sala se imaginó que habría salido al servicio, o a llamar por teléfono. Era el primer momento en que se encontraban solas aquel día. En realidad, era la primera vez que estaban a solas desde hacía mucho tiempo.

Catalina no tenía ni idea, pero una tarde de otoño de hacía cuatro años su hija la había visto en íntima conversación con un hombre desconocido. Elia había entrado al café porque necesitaba imperiosamente ir al baño. Nunca había estado allí –era un local nuevo– y tuvo que dar un rodeo hasta encontrar los servicios. Fue entonces cuando los vio. No quiso acercarse; más aún, evitó que ellos la vieran a ella. Cuando salió sus amigas la reprendieron por haberles hecho esperar.

Elia ignoraba que aquel hombre era un muy buen amigo de la infancia de su padre que recientemente había vuelto al pueblo; su madre y él planeaban darle una sorpresa y que Nacho (que así se llamaba) apareciese en la fiesta que habían organizado para el inminente cuarenta cumpleaños de Andrés. Ocurrió que, desgraciadamente, el amigo murió de un derrame pocos días antes, y las festivas conspiraciones nunca pudieron ser puestas en práctica, y ni siquiera llegaron a ser confesadas. Catalina achacó el súbito distanciamiento de Elia a la típica rebeldía adolescente. Nunca consiguió explicarse, sin embargo, el estrechamiento que apreció en las relaciones padre-hija. Y ahora que la joven tenía diecinueve años, la excusa de las hormonas estaba dejando de resultar satisfactoria.

–No parece él –dijo de pronto Elia con voz inexpresiva.

–No parece él –repitió su madre.

Hubo unos minutos de silencio en que ambas miraban el cuerpo que reposaba delante de sí. Cuando Catalina espió a su hija por el rabillo del ojo vio que estaba llorando. Conmovida, le pasó un brazo por los hombros. Elia la abrazó, apoyando la cabeza en su pecho, encogida porque era casi más alta que ella. Temblaba al calor de su madre.

–¿Cómo pudiste? ¿Cómo lo hiciste para vivir sin el abuelo? Yo no puedo, no voy a poder vivir sin papá…

Los sollozos entrecortados volvieron a enternecer los ojos de la madre. Sentía a Elia tan cerca como cuando aplicaba “mercromina” en las magulladas rodillas de la niñita rubia que quería desgastarle el apelativo con su agudísima voz. Más cerca aún. También ella tuvo que forzar la voz.

–Sí podrás, cariño, claro que podrás…

–No… No, no… ¡Le odio! ¿Por qué tuvo que rendirse? ¿Por qué no luchó? No le importó una mierda dejarnos solas…

–No seas injusta, Elia, sabes que eso no es verdad. ¡Claro que le dolía dejarnos! Claro que sí. No seas injusta. Pero él sabía que somos fuertes, que lo superaríamos. Que lo superarás.

–No me quedan ya fuerzas…

–Las encontrarás, cariño, las encontrarás porque es lo que él querría que hicieras. Que lucharas. Porque tú eres una luchadora, como él. ¡Claro que es difícil! ¡Claro que duele! Más que nada. Es un dolor más hondo que el que nunca hayas conocido, el más profundo de los que vayas a conocer. Ahora te parece que se te va a romper el pecho, ¿verdad que sí? Esconderás todas las fotografías suyas que tenemos en casa, y hasta me pedirás que queme su ropa. Querrás hacer como si nunca hubiera existido para que el dolor no te golpee a cada momento como un mazo de hierro. Y así pasará mucho tiempo, mucho, mientras intentas ingeniártelas para seguir adelante con tu vida de siempre, que ya nunca va a ser como siempre. Pero llegará un día, tal vez incluso antes de lo que ahora lo crees posible, en que te alegrarás de no haberte desecho ni de sus fotos ni de su ropa. Y sacarás su jersey favorito, ese gris que le hizo la abuela, que está ya tan viejo, y te lo pondrás con mucho cuidado, como si fuera de papel cebolla. Y se te humedecerán los puños con las lágrimas, pero sonreirás cuando mires esas fotos que, sin saberlo, has descubierto que ya estás lista para desempolvar. Y verás que a partir de ese momento los recuerdos dolerán un poco menos.

febrero 4, 2009

A.G.T. (3ª parte)

Filed under: Fragmentos,Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 11:54 pm

no sabe cómo se llama pero teniendo en cuenta que le está haciendo una exploración ginecológica a fondo se le antoja primordial asignarle un nombre. pablo está bien. hace ya cuatro noches que lo conoce, pero cómo se llame ha tenido, hasta aquel momento, 0 importancia. han compartido migajas de soledad y eso es lo único que cuenta. pero ahora, ahora… ahora sí, ahora lo está empezando a sentir, ahora su cuerpo está empezando a recordar, no se acordaba, también el cuerpo tiene memoria y el suyo la tenía atrofiada, ahora sus caderas parecen cobrar vida y no sabe de dónde la están sacando pero serán las ansias, esa vitalidad fugaz que experimenta no será más que producto de las ansias. a traición, mientras dormía. menudo sablazo la ha sacado del séptimo cielo, el más dejado de la mano de dios. se le está clavando un cartón en el culo, pero no quiere parar, no, no, dice, no pares, no, que dure, que dure. le dan ganas de reír, porque la punta del cartón está rozando ya límites de osadía peligrosos, pero se limita apretar con más fuerza la camiseta de pablo, y se aventura a rozarle la piel con la palma de la mano. descubre que está cubierta de un vello muy suave, muy fino, muy agradable. le clava las yemas y él lo debe de interpretar como un signo de apremio porque empieza a empujar con más ahínco y a hacer más ruido al respirar. ella no, ella permanece silenciosa, se concentra en sentir. prueba a arquear la espalda y apoya las palmas de las manos en el cristal. el frío la penetra a través de las puntas de los dedos y le hace estremecerse. abraza con fuerza la cabeza de pablo y la nariz se aventura a adentrarse entre sus cabellos. a pablo le huele el pelo a sucio, pero a ella le huele a gloria, y gloria a pablo también, porque se anima a besarla. es torpe pero es tierno. parece querer engullirla y ella siente cierta claustrofobia, pero le gusta sentir. envuelve con sus piernas la espalda de pablo y de pronto siente más, más, mucho más, y se da cuenta de que antes no estaba sintiendo nada. sin previo aviso su respiración la desenmascara y pablo sonríe, aunque gloria no lo ve. cómo empuja, mira mira cómo empuja, oye, y se da cuenta de que ésa es una voz intrusa. gira la cabeza y ve un móvil, enfoca y ve una mano, desenfoca y ve por fin a un joven con barriguita vestido con una sonrisa de muchos dientes y con un traje de security. a su lado aparece de repente un segundo guarda, igualmente con dientes pero sin barriguita dentro de su traje. mira, mira, joder, cómo empuja, tío, sácales, sácales, y en cuanto llegues a casa pal llutú eh pal llutú. gloria no sabe qué es eso del llutú y desde luego preferiría no tener espectadores pero sí, sí, sigue, pablo, sigue, por favor, por favor, ahh, ahh, ahhhh. míralos qué cabrones, ahora resulta que los sintecho follan más que los contecho, jajaja! ahh, ahhh. qué perra la tía, cómo le gusta, ojalá mari estuviera tan dispuesta, jajaja, qué no? dale ahí, venga, con ganas! estás grabando? pablo no parece enterarse de nada, sólo escucha su propia respiración y no ve más que el vaivén de los pechos de gloria a cada embestida. de repente siente que me voy, que me voy, y gloria también se va, se va, se va, y se van los dos juntos a un lugar interespacial donde las voces de los guardias de seguridad no son más que un zumbido, pero el Pecado les expulsa del paraíso y eva y su adán se dan con la cabeza en el duro suelo de falso mármol del gran teatro del mundo. pablo se desencaja de la gloria y está dormido antes de aterrizar sobre su parte del cartón. gloria queda unos segundos petrificada tratando de que la respiración se le acompase mientras la vida se le escurre entre las piernas, la vida que su cuerpo ya está comenzando a olvidar de nuevo. esa noche sueña que duerme en un palacio en el que hay almohadas.

A.G.T. (2ª parte)

Filed under: Fragmentos,Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 10:25 pm

La mañana que nos ocupa, Antonio González Trujillo ha entrado a trabajar a las 9. Cuando le toca ese turno le gusta estar en la cafetería Mirador Dalí a las 8:30, para poder degustar el Diario ABC y el café con porras con perfecta parsimonia (ceremonia ineludible, puesto que es rara la vez en que el desayuno casero resulta totalmente de su gusto). Antonio da siempre un primer mordisquito de ratón a la porra que sujeta con la mano derecha, cuyo dedo meñique señala invariablemente al techo. Seguidamente, la introduce en la taza y deja que se empape de café durante 3 segundos y medio. Mastica con fruición al principio, y más despacio a medida que la porra va menguando entre sus dedos. Todo esto, por supuesto, sin apartar la mirada de su lectura más de lo estrictamente necesario.

A.G.T. ha conseguido dotar a su cubículo laboral de ciertas acertadas pinceladas con color a hogar: junto al aparato de vídeo reposa una fotografía de Antonia y él el día de su enlace. La estampa le sirve a Antonio de recordatorio diario para que se esfuerce en conservar la figura gallarda de su juventud. Así, todas las noches, antes de la cena, sin importar cuán cansado esté, sin importar cuán ardua haya sido la jornada, Antonio González Trujillo hace 300 abdominales en series de 25, en diferentes posturas para trabajar desde los superiores o los inferiores hasta los laterales. Después se pega una ducha relajante y se sienta a la mesa, donde Antonia lo espera con la comida pendiente de un cazo; que también su mujer recupere siquiera parte de su antigua gracilidad es algo que hace tiempo ha dado por imposible. Asimismo, de la pared derecha cuelga una fotografía de A.G.T. en la mili, junto con algunos compañeros; de la izquierda, un poco afortunado retrato a carboncillo de Rocco, el mastín que partió de su lado hace dos años, tres meses y veintisiete días.

Para las 2 del mediodía Antonio ha visionado ya media cinta de una de diez horas de grabación. Ha salido del pequeño cuarto para hacer dos descansos de diez minutos cada uno, en los que ha fumado cuatro cigarrillos. Ha estado notando que, sin poder evitarlo, su nivel de rendimiento ha disminuido de forma considerable, pero es que no ha ocurrido nada mínimamente interesante desde hace tres horas y media, cuando una mujer se ha quedado encerrada en el cajero automático y no ha parado de extraerse mucosidades nasales –con un sorprendentemente largo dedo índice izquierdo– hasta que otro cliente de la entidad bancaria ha conseguido abrir la puerta desde fuera.

Sin embargo, el minuto siguiente trae una sorpresa debajo del brazo, y a A.G.T. se le tensan mucho las cejas; primero de extrañeza, después de sorpresa al comprender. Comienza a secársele la boca, y los labios palidecen bajo innumerables y diminutas grietas. Unos instantes después, mientras la mandíbula se le desencaja progresivamente, la mano derecha, la mano experimentada, busca y encuentra y desabrocha el cinturón de seguridad de su entrepierna. La garganta emite un ronco y tenue sonido.

febrero 3, 2009

A.G.T. (1ª parte)

Filed under: Fragmentos,Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 11:50 pm

Esta mañana, a las 7 en punto, Antonio González Trujillo ha salido de casa dando un portazo y con un regustillo a tostada quemada en la boca. Su mujer, que por una dramática e impepinable coincidencia también se llama Antonia, se había levantado con el pie izquierdo a las 6:35 de la mañana. Incluso antes de que su marido la castigara físicamente por el terrible desliz en la preparación del desayuno, más aún, incluso antes de ponerse a regular la temperatura del grifo de la ducha, nada más poner en contacto la planta de ese mismo pie con la desagradable superficie del antideslizante con forma de huella de rana, ya intuía que, varias veces a lo largo de aquel día, se iba a sentir terriblemente culpable por haber nacido.

Para las 7 horas 2 minutos Antonio González Trujillo (A.G.T.) ha comenzado a hinchar sus venas con nicotina; para cuando recorre 507 de los 509 metros que lo separan de la estación del metropolitano, casi ha terminado el cigarrillo. No le gusta dejarlo caer al suelo y aplastarlo de un pisotón, no señor. En realidad, uno de los más deliciosos placeres de la vida diaria de Antonio consiste en colocar la colilla, todavía humeante, entre los dedos pulgar e índice de su mano izquierda –no porque A.G.T. sea zurdo si no precisamente porque se esfuerza constantemente por evitar la atrofia del segmento naturalmente menos desarrollado de su musculatura– para lanzarla exactamente dos metros más adelante. Siente que su día realmente ha comenzado, y exhala un suspiro de satisfacción, cuando apaga su Ducados mañanero con la suela del zapato justo antes de comenzar a descender la escalinata del metro.

Antonio González Trujillo se considera afortunado por tener un buen empleo y se siente orgulloso de ser el sustentador único del pequeño núcleo familiar que conforman Antonia y él. El suyo es, por cierto, un trabajo poco común –o, al menos, poco conocido por el gran público–: A.G.T. es visionador. Esto es, que se ocupa de visionar las cintas de las cámaras de seguridad instaladas en bancos y entidades similares. La empresa de circuitos cerrados para la que trabaja, Nocvisión, ofrece a sus clientes el servicio extra de controlar los vídeos de los aparatos que están bajo su supervisión. Así, todos los días, en turnos rotativos de 8 horas, Antonio se dedica a inspeccionar, con su escrupulosidad característica, las secuencias captadas por diferentes cámaras de seguridad en todos los barrios de la ciudad. Es un trabajo rutinario y hasta se podría decir que aburrido, porque aun cuando le parezca ver algo sospechoso en alguno de los vídeos lo único que el protocolo le permite hacer es marcar el número de la Policía.

 

enero 30, 2009

Puertos de conexión

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 2:06 pm

–Así que “la actriz Valeria Arregi desmiente los rumores de que haya una tercera persona relacionada son su ruptura con el empresario Nacho Merino”, ¿eh? –dijo con tono indignado una voz masculina al otro lado del teléfono.

–Jacques, yo… –titubeó Valeria. Se mordió el labio, en un esfuerzo por intentar buscar una respuesta adecuada.

–No digas nada. Tu silencio es suficientemente elocuente.

El pitido del teléfono cuando alguien cuelga bruscamente es aún más punzante que el frío asesino que el aire contaminado de la Gran Vía no consigue apaciguar. A veces le gusta caminar por el centro neurálgico de la ciudad, sorteando peatones, escapando del estrés de su vida diaria zambulléndose en el torbellino de estrés en que giran las vidas de otros. En ocasiones, lo absurdo de las cosas sólo se ve si se adopta otra perspectiva. Mientras anda se siente escudada dentro de una burbuja irrompible, inmune a las embestidas del ajetreo mundano. La gente sólo repara en su existencia si se choca frontalmente con ella. Le encanta que, detrás de las gafas de sol estilo Lennon, la vida se vea del color de las películas antiguas.

Valeria supone que son más o menos las cuatro y media de la tarde y que Jacques está viendo alguno de los programas de sobremesa con los que le gusta mantenerse informado acerca de su propia vida. Ella tiene la sospecha de que está con el dedo siempre encima del botón “REC”, preparado listo ya para inmortalizar los momentos estelares de su afectado rostro en la pantalla. Valeria suele levantarse del sofá e irse a redepilarse las cejas al cuarto de baño, o a poner a hervir un té para dos que terminará sorbiendo a solas. A veces, incluso, opta por enclaustrarse en el dormitorio, imbuirse del pálido gris de las paredes y acariciarse la soledad de entre las piernas. Casi siempre deja la habitación un poco menos ella.

Suele ser cierto que los hombres se refugian en el regazo femenino; que aun en los más climáticos momentos de salvajismo lo único que buscan es la calidez del abrazo. Al menos, eso era lo único que Valeria había conocido de los hombres: su amor egoísta, su amor embustero, un amor que sólo anhela la confusión de los cuerpos para el esclarecimiento de los propios fantasmas. A ella sólo le consolaba cuantificar el número de orgasmos, y esforzarse por esbozar sus más logradas interpretaciones.

Decidí que, para los 35, ya tendría tres hijos y el cuarto estaría en camino. Sin embargo, a mis 37, aparte de con un gato, sólo cuento con una agenda telefónica rebosante de números totalmente inservibles y apenas tres cumpleaños anotados en la memoria.

Basta con que me quieran, piensa. Basta con que se quieran un poquito menos y reserven un poco más de amor para mí. No mucho, lo justo para tener con qué arroparme los hombros en las noches frescas de verano. No mucho, lo justo para colorear de efervescencia, levemente, las mejillas. Apenas un poco de amor, suficiente para que mis yemas yermas encuentren sentido a las aristas de unas caderas que se despiertan cada día más frías.

Una lluvia muy fina, una lluvia que parece pedir perdón por las molestias, le da las buenas tardes. Valeria saca la puntita de la lengua para probar la acidez del mundo. Después la saca entera.

Camina por entre calles conocidas hasta llegar a otras desconocidas, y entonces su ánimo parece no hacer pie. La lluvia arrecia. Los tacones la guían hasta un pequeño café regentado por un filibustero de la peor calaña.

Si sólo pudiera conseguir fuego…

Una mano se acerca telepáticamente. Surge la llama, pequeñita. La mano es peluda sin pasar a la categoría animal, analiza. Descubre que una barba puede ser lustrosa al observarla de cerca. Le entran ganas de tirar suavemente de ella, de comprobar si es de verdad ese adorable y desordenado cúmulo de vellos. El humo intruso en los ojos la sienta de culo en el inhóspito taburete giratorio de la realidad.

–Soy un gran admirador suyo –dice la voz que resuena bajo la barba–. Me llamo Tomás.

Tomás tiende su mano derecha y Valeria se la estrecha, catalogándolo, más por instinto que por empirismo, como un hombre de verdad. El maquillaje oculta el rubor. Bendito seas, Max Factor, una y mil veces. De pronto se da cuenta de que no ha respondido nada. De pronto se da cuenta de que no sabe cuál es la respuesta apropiada en una situación que, sin ser nueva, se le atasca.

–Tal vez le parezca un atrevimiento por mi parte, señorita, pero… –duda. Desciende al estrato de lo humano. Valeria asciende.

–Se lo agradezco mucho. De verdad –dice, efusiva; y no miente en absoluto. Además, le ha llamado señorita (¡!).

Tomás se revuelve en la banqueta, un poco agitado. Parece debatirse con las palabras.

–¡Pero es cierto! Yo… No sé. Siento que tiene usted una sensibilidad especial –murmura. Y, aunque su voz es trémula, sus ojos traslucen honestidad–. Jamás había sentido tal conexión con una persona que estuviera subida a un escenario.

Apura su vaso de un trago brusco y busca su chaqueta con premura. No sabía que iba a soltar aquello hasta que lo hubo hecho. Intuye haber dicho algo inapropiado, pero es sólo que jamás se ha desnudado de aquel modo frente a una mujer. Por su parte, Valeria intuye que si esas manos grandes, esa voz ajada y esa pulcra barba salen por la puerta del café, ella sólo podrá reencontrarse con ellos en el mundo inaprehensible de los recuerdos. Comprende, en dos microsegundos de superlucidez, que esas manos, esa voz y esa barba adquirirán muy pronto tintes deslavados de irrealidad. Y conocer a Tomás es lo más real, lo único real, que le ha pasado en mucho tiempo.

 

 

enero 4, 2009

El amador tenaz

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 6:09 pm

Era tan sencillo no quererla… Pero a mí siempre me habían gustado las cosas difíciles, que supusieran un reto para mi carácter y probaran los límites de mi paciencia. Por eso, durante mucho tiempo, me empeñé infructuosamente en amarla con locura.

Nos conocimos de la forma más vulgar posible (la noche en que nuestros cuerpos se anticiparon a los sentimientos juramos que inventaríamos una anécdota digna que contar a nuestros nietos). Me la encontré una noche de sábado vomitando sobre la acera, con el pelo empapado en sudor refulgiendo a la luz de las farolas. Sólo una estrella se dignaba brillar en el cielo, pero fue suficiente: me arrastró dulcemente hasta su casa y se quedó dormida nada más rozar las sábanas. Teniendo en cuenta que no iba a conseguir colaboración por su parte, la lógica me indicaba sabiamente que me fuera; sin embargo, algo en la fuerza de su respiración desacompasada me anclaba a la cama. Luché con el sueño durante horas, ansioso por beber todo el olor que desprendía su piel. Creo que fue aquella noche cuando me enamoré de sus axilas, disfrazadas de algodón por la osadía de la luna. La casa no tenía persianas: a la mañana siguiente me contaría que le encantaba despertarse con el saludo del sol.

– ¿Qué haces aquí todavía? – me dijo cuando amaneció. Creí que estaba avergonzada por el deplorable estado en que la había visto la noche anterior, pero en honor a la verdad diré que ella siempre se empeñó en no quererme nada. Aún así, me invitó a café, y yo descubrí que sus ojos olían a avellana. No volví a mi casa hasta cuatro días después, y fue únicamente para recoger un par de cosas.

Ahora que ella me ha dejado me veo obligado a quererla aún más. Y no sólo a ella: adoro también sus desplantes, sus desaires, su risa despectiva, sus ojos de gata en celo, sus lágrimas gruesas, sus zarpazos en el alma y sus disculpas medio rotas. Adoro cada adoquín que recubre su calle y cada meada de perro dibujando contornos en las esquinas (reconozco en cada una la marca de Tor, aunque sé que es imposible porque hubo que sacrificarlo hace medio año). Imagino el eco de su risa en la frutería –era adicta a las manzanas Golden– y me deleito sondeando hábilmente a María, la frutera. Disfruto del frío invernal en mi rostro, porque sé que el aire la ha mimado también a ella. Llevo una rosa blanca prendida de la chaqueta cada día, por si la Fortuna me sonríe desde su rostro al doblar cualquier recodo. Amo la ranura del buzón porque me recuerda a su entrepierna. Lo más sencillo es no quererla, pero yo soy un luchador.

“Mario,tnems q verns.A las 5 n l parq”

Escueta. Directa. Exigente. En su línea.

17:06h. Llega tarde. En su línea. De repente oigo un ronco ladrido; giro la cabeza y la veo, tirando de una correa de cuyo extremo tira un perro, un gran Gran Danés. Qué pronto has sustituido a Tor, maldita.

Me inclino para besarla en la mejilla, pero ella se aparta.

–Mario, he venido solamente a decirte que quiero que me dejes en paz –vacila. (Escueta, directa, exigente: en su línea)–. Si no, voy a tener que dar parte a la Policía.

Su petición me deja totalmente aturdido. ¿Qué quiere decir? ¿Se ha vuelto loca? No sé qué responder; me limito a mirarla fijamente y advierto que ha engordado. Apenas unos milímetros más de contorno de cintura, pero es que yo conozco su cintura al milímetro.

–¿Estás embarazada?

Ella parpadea, la boca ligeramente abierta. Se recompone enseguida.

–Eso no viene al caso ahora. Mario, ¿has escuchado lo que te he dicho? Que QUIERO QUE ME DEJES EN PAZ.

–Ha sido él, ¿verdad? Él te ha preñado y encima te ha regalado este monstruo –casi afirmo, señalando al enorme perro–. Has barrido a Tor de tu vida lo mismo que me has barrido a mí. A escobazos. Como si fuéramos basura –escupo esta última palabra mientras una lágrima tiembla en el abismo de mi párpado.

–Mario, por favor… –un velo de culpabilidad parece empañar sus ojos durante unos momentos–. No hay ningún “él”. Y, aunque lo hubiera, no sería asunto tuyo: tú y yo no estamos juntos. Nunca lo hemos estado, de hecho. Apenas fueron un par de noches, Mario.

La lágrima traidora se retrae ante tamaña ofensa: ¿cómo que nunca estuvimos juntos? Lo que yo decía: esta chica está loca, está completamente loca. Y sigue hablando.

–Al principio pensaba, simplemente, que ya se te pasaría (todo el mundo tiene derecho a enamorarse y a dolerse si no es correspondido). Pero en los últimos meses esto se te está yendo de las manos, Mario: ya no son sólo las llamadas de teléfono, si no las cartas, el chocarme contigo en cada esquina, los mensajes… Ni siquiera ha servido de nada que cambie de número, porque, no sé cómo, lo has vuelto a conseguir. ¡Mario, DÉJAME VIVIR, por Dios! –calla para coger aire–. Y te juro que ésta es la última vez que te lo digo: si no lo haces, te lo repito, tendrás que atenerte a las consecuencias.

Da media vuelta y se marcha por donde ha venido. Se aleja de mí. Contonea las caderas. Me endurezco. La quiero. Aunque ella se niegue a aceptar sus sentimientos, yo he de mantenerme firme. Sé que pesa sobre mis hombros la dura carga de mantener a flote nuestro amor: ahora más que nunca he te tener fe, y tenacidad, por los dos.

En la ciudad, de noche

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 12:49 am

…otra vez vuelves a casa toda morada esto no puede ser la luz de las farolas choca con tus ojos y tú consideras la idea de decirles hey señoras dejadme en paz se ríen las muy putas van más pedo que la madre que las parió las viejas estas una despedida de soltera tenía que ser GILIPOLLAS en la puta cárcel te has metido voluntariamente tú estúpida entre rejas te has metido y le has puesto un candado a tu chocho tía que no te das cuenta pero al menos tú tienes alguien que te quiera yo no tengo más que una gonorrea que me haga cosquillas por las noches crees que te has equivocado de calle y rectificas y reculas y reemprendes el camino más correcto hasta la puerta de tu casa pero no puedes subir no hasta que no se te pase este morón el lunes lo dejo esto de los porros no puede ser bueno qué pasa tío qué coño estás mirando un viejales te está mirando o eso o está bizco lo que prefieras tronca pero a mí déjame en paz mejor que no se te acerque porque a ti no te toca las narices ni dios con botas eh tú guapa qué haces sola a estas horas nena nena te dice ese tío se cree un james dean cualquiera y le falta hasta el tupé tu pelo no te deja ver te lo tienes que apartar de la cara pero te pesa tanto la mano te pesa tanto que parece una roca tienes una roca en la mano una mano en la roca stonegirl podrías ser la nueva superheroína postpostmoderna nada de heroína no no nada de heroína el subconsciente te traiciona pero bastante tiene tu madre con tu hermano piensas como para engancharte tú y bastante tienes tú con los porros y mejor que te mentalices de que el lunes los dejas bueno el lunes no cuando se te acabe la maría mejor sí eso cuando se te acabe y luego sin más si alguien te ofrece tampoco vas a hacer el feo no no hay que ser descortés con los colegas generosos paso a paso tía paso a paso que las cosas no se pueden cortar de golpe que seguro que ni es sano ni nada te está empezando a doler la cabeza el mismo martillito de siempre no es como un martillo de minero con una gran cabeza es más bien un martillito pequeñito como de gemólogo gemólogo tronca de dónde te habrás sacado esa palabra si a veces hasta soy culta y todo psé un martillo pequeñito cling cling cada dos segundos en tu sien izquierda cling cling sólo en la sien izquierda qué funciones habrá en la parte izquierda del cerebro creo que lo mejor sería dejar de ver pero dejar de oír nunca eso sí que sería una putada pero total para lo que hay que ver mejor estar ciega desde luego hablar también es importante aprender a estas alturas lenguaje de signos menuda pereza y nunca he sido buena estudiante para eso valía juan pero ya ni le quedan neuronas ni le quedan ganas ni le queda nada por quedarle no le queda ni tiempo que con la vida que lleva tiene los días contados ni el tiempo es gratis que aquí estamos todos de prestado MALDITOS CAPITALISTAS vaya mierda de mundo PUTA GLOBALIZACIÓN hostia casi me caigo a ver respira hondo y tranquilízate ya llegas hora y media tarde a casa seguro que tu madre te ha estado llamando al móvil no sabe que lo tienes en silencio para que no te dé la tabarra y ahora encima subir a casa y que la vieja me dé la tabarra igual tengo algún mensaje de kike no no paso de mirarlo es que me da igual tronca que hagas lo que quieras que somos libres yo hago lo que quiera y tú haces lo que te dé la gana amor libre sabes qué coño amor libre lo que tienes tú muy libre es la polla cabrón que tiene vida propia polla autónoma y cerebro a pilas eso es lo que tú tienes muñequito hinchable desde luego quién me manda a mí quién me manda a mí liarme contigo seguro que te ha contagiado él de repente te das cuenta claro cómo no has caído antes puto kike el dios de las lombrices y seguro que lo sabía no me puedo creer que no lo supiera se va a enterar cuando lo pille le voy a estrangular esos huevos infectados que tiene tu cabeza te duele la cabeza cling cling martillito abriéndose paso cráneo adentro cling cling se está inclinando la acera plof al suelo no pasa nada estás más cómoda y seguro que así se te pasa antes el morón colchonería adolfo puto adolfo y las luces de su tienda vamos a ver que es de noche tronco que es de noche por qué narices tienes las luces de la tienda encendidas DE NOCHE que estamos en crisis que no te va a comprar ni cristo y tú gastando luz y más luz que bastante tenemos con las luces de navidad las luces de navidad te desatornillan los párpados que caen con la pesadez de persianas tienes tanto sueño tanto dolor de cabeza y aunque intentas levantarte porque tienes que ir a casa las piernas te dicen que ellas votan por el suelo y una voz te habla desde el otro lado de tu sien izquierda cling cling guapa asamalajá mig malakuyá ezehre mmm guapa y tú le dices a la voz que vuelva otro día que ahora estás ocupada no por favor sí sí y de repente sientes frío como si alguien hubiera abierto una ventana a la altura de tu pecho y de repente sientes una mano a la altura de tu pecho y de pronto comprendes y quieres gritar pero una mano bloquea el paso de tu voz a la altura de la boca y…

diciembre 27, 2008

La niña que quiso ser agua

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 3:13 pm

Mi hermana mayor decía que la lluvia tenía cada día un sabor diferente. Y cada día mi madre y ella se peleaban precisamente por aquel motivo. Que te pongas el chubasquero, que no me apetece. Que desempolves el paraguas, que no me da la gana. Que te calces el sombrero, que no quiero. Argumentaba mi hermana que, empapelada como una cebolla, era imposible sentir aquella lluvia fina como lluvia de alfileres. Pero ¿para qué quieres sentir eso, niña?, le gritaba mi madre, desesperada. La niña se escondía tras sus trenzas rubias, de hebras tan finas como lluvia de alfileres. Y callaba, de vergüenza. Era demasiado mayor para que la oyeran hablando de hadas.

Mi madre era de las de mejor prevenir que curar, y, así, las dos pequeñas salíamos a hacer recados escudadas tras sendas bufandas. Éstas solían variar de otoño en otoño, puesto que la tía Remedios era una fanática de la lana. La del 88 fue la Navidad de las rayas; en el 87 habíamos lucido lunares (por mucho que insistiera, la tía nunca contaría a mi madre cómo lograba hacerlos); y tanto el 89 como el 90 fueron años de bufandas jaspeadas. Pero una vez hubiéramos doblado el recodo, y hubiéramos perdido de vista a mi madre, que nos saludaba con la mano desde el balcón, al otro lado de la ría, mi hermana se desembarazaba de la suya con un golpe de muñeca que yo nunca fui capaz de imitar. Era visto y no visto. Era la niña de las anginas.

Años más tarde, mi hermana me confesaría la razón de su afición por la lluvia. Habíamos decidido vernos en un viejo café, mítico en el barrio, porque estaba a punto de cerrar sus puertas para siempre (la pareja de ancianos que lo regentaba estaba ya ansiosa por jubilarse y, al parecer, sus hijos tenían más altas miras). Allí, envueltas en el clima de confianza que propiciaban los vapores del chocolate caliente, embriagadas por el humo que seguía empeñado en agrietar las añejas vigas, me confió entre risas por qué de pequeña dejaba que su piel chupara diariamente gotas de lluvia: para llegar algún día a mimetizarse con la ría. Y es que ella siempre había querido ser Lamia.

0013

noviembre 25, 2008

La máscara

Filed under: Propio,Relatos — chinchesenelespejo @ 11:41 pm

Al menos cuando me hablas te sigo mirando a la cara, me había dicho con acritud. Yo recibí el escupitajo de su voz al abrigo de las piedras, al calor de la tierra a la que rogaba que por favor, por favor me engullese. Recibí el esputo de su rencor con profunda vergüenza y la cabeza gacha aunque me moría de ganas de mirarla.

Habían pasado dos meses desde que la había dejado (dos meses y tres horas, para ser exactos). En aquel tiempo ella sólo había tratado de contactar conmigo dos veces: la primera había aporreado con desesperación el portero automático de la casa de mis padres (adonde me he visto obligado a volver temporalmente), suplicándome que le ofreciera una explicación; la segunda me llamó al móvil desde el trabajo y su voz sonó tan sumamente serena que no pude negarme a la petición de que nos viéramos. Yo, por mi parte, llevaba todo aquel tiempo tragándome la necesidad de escuchar su voz y de recurrir a las dotes curativas de sus besos para sanar aquellas heridas autoinfligidas.

Cuando la vi acercarse tuve que controlar el imperioso deseo de esconderme tras un árbol: no sabía cómo se suponía que tenía que saludarla. Mientras deliberaba conmigo mismo, ella llegó hasta donde yo estaba y atajó el problema con un áspero “Siento llegar tarde”, que pareció arrepentirse de pronunciar desde el mismo momento en que el sonido empezó a escurrise entre sus labios. Si me había sorprendido escuchar por teléfono a una Andrea muy controlada, su porte altanero me dejó atónito: toda candidez había desaparecido de su mirada, que antes gustaba de revolotear para despistar la mía. Sin embargo, la mirada que blandía entonces provocó que mi cuerpo se encogiera y replegara sobre sí mismo, que mis miembros no pudieran soportar más el peso de la gravedad y buscaran asilo en la humedad del suelo. Me dijo que lo sabía. Que lo sabía todo. Y yo supe que era cierto.

[ Frase inicial proporcionada por Marco ]

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